
Por: Martha Meier M.Q.
El jueves 13 de agosto, Fidel Castro habría cumplido cien años. En La Habana se celebró, por decirlo así, el centenario del dictador que se apoderó de Cuba durante casi medio siglo. Hubo homenajes, exposiciones, coloquios y delegaciones internacionales llegadas para exaltar la figura de quien solo merece el desprecio del mundo libre.
Fidel Castro llegó al poder en 1959, tras derrocar a Fulgencio Batista. Muchos cubanos creyeron que comenzaba la recuperación de la democracia que Castro había prometido. Ocurrió exactamente lo contrario.
La pluralidad política desapareció, la oposición fue perseguida, la prensa independiente quedó anulada y Cuba se convirtió en un Estado monopartidario. La revolución le niega al pueblo, hasta hoy, la posibilidad de elegir libremente a sus gobernantes.
La historia debe registrar su perversa influencia en América Latina, su enfrentamiento con Estados Unidos y los falsos logros sociales que sus defensores le atribuyen. No se deben olvidar los fusilamientos de los opositores, las cárceles políticas, la persecución a la disidencia, la censura, la represión a los homosexuales, la persecución a los religiosos y creyentes, y el exilio de miles de familias.
En junio último, ‘Prisoners Defenders’ registró 1.306 prisioneros políticos en Cuba, entre ellos 40 personas detenidas cuando eran menores de edad. No es una cifra del pasado: es la continuidad de su sistema.
Castro murió en 2016, pero la estructura política que creó persiste. Millares de cubanos siguen sin poder ejercer derechos que, para quienes vivimos en sociedades democráticas, son elementales: expresarse libremente, organizarse políticamente, competir por el poder y elegir entre distintas opciones.
Se debe desmitificar a los personajes que quisieron un mundo sin libertades, como Fidel Castro. Así se impedirá que sean modelos positivos para las nuevas generaciones.
No hay grandeza política en permanecer casi medio siglo en el poder sin alternancia. No hay emancipación sin oposición. No hay justicia social cuando no se pueden reclamar derechos. Y no hay soberanía cuando no se puede elegir.
Cuba es la isla de los presos políticos, de los fusilados, de quienes murieron olvidando sus nombres en las cárceles o huyeron por mar y no llegaron a destino. De quienes siguen huyendo en busca de libertad.
Celebremos a quienes envejecieron en el exilio sin perder la esperanza. A los hijos que crecieron sin sus padres, a las madres que murieron sin volver a abrazar a sus hijos. Y a quienes, dentro de la isla, reclaman pacíficamente lo que Fidel les robó: libertad.
Apenas un día antes de la “conmemoración oficial”, un eclipse solar cruzó el cielo de medio mundo. Millones de personas dirigieron sus ojos hacia el firmamento mientras Cuba se preparaba para mirar al pasado.
Y quizá esa sea una buena lección: los hombres pueden intentar convertirse en eternos; las revoluciones, levantar monumentos a sus monstruos; los gobiernos, fabricar falsos homenajes. Pero los cubanos tienen derecho a recordar a Fidel Castro desde las heridas que este ladrón y asesino abrió en el corazón de tantas generaciones.



