Internacional

J. D. VANCE: LA IDENTIDAD DE ESTADOS UNIDOS NO SE ENTIENDE SIN EL CRISTIANISMO

El Vicepresidente de EE. UU. pronunció el pasado 21 de diciembre un discurso estremadamente importante sobre la identidad del país y  los valores que la sustentan, entre los cuales destacó la cultura cristiana. Compartimos su traducción por considerarla de interés para nuestros lectores

 

 

El sueño americano se basa en parte en la idea de que todos, sin excepción, estamos unidos, somos miembros de la misma familia americana. Si queréis destruir eso, haced lo que han hecho los demócratas, no solo en los últimos cinco años, sino durante los últimos 30 o 40: enfrentad a una raza contra otra, a un género contra otro, y sembrad la desconfianza y el desprecio entre los norteamericanos en lugar de hacer que amen a su país.

Cuando pienso en los debates más apasionados que animan nuestro país, en la naturaleza de la ciudadanía, en lo que significa ser norteamericano, se impone una verdad: Los norteamericanos tienen sed de identidad, sed de pertenencia, sed de encontrar su lugar en el mundo. Y no es de extrañar.

Durante muchos años, nuestros conciudadanos han sufrido las consecuencias de una economía globalizada que ha uniformizado las culturas y vaciado nuestras ciudades de su esencia. Los académicos y activistas nos imponen constantemente discursos sobre cuestiones de raza y género. Los gigantes digitales utilizan sus plataformas para censurar las narrativas que cuestionan el discurso dominante de la extrema izquierda en nuestro país.

Más que nunca, que yo sepa, se habla de la identidad norteamericana y se busca comprender lo que nos une. Pero quiero decir una cosa: el único pilar verdadero de los Estados Unidos de América es que hemos sido y, por la gracia de Dios, siempre seremos una nación cristiana.

Quiero ser claro porque, por supuesto, los medios de comunicación que difunden información falsa no dejarán de tergiversar mis palabras. No estoy diciendo que haya que ser cristiano para ser norteamericano. Estoy diciendo algo más simple y más cierto: el cristianismo es el credo de Estados Unidos, el lenguaje moral común, desde la revolución hasta la guerra civil y más allá.

Como todos somos criaturas de Dios, debemos respetar el camino de cada uno hacia Dios. Sin embargo, en los últimos cincuenta años, se ha impuesto un único objetivo: se ha librado una verdadera guerra contra los cristianos y el cristianismo en Estados Unidos. Y permítanme decir que, de todas las guerras que Donald Trump ha librado, ésta es la que más nos enorgullece.

Durante décadas, la izquierda se ha esforzado por expulsar el cristianismo de la vida nacional. Lo ha desterrado de las escuelas, los lugares de trabajo y los espacios públicos más fundamentales. La libertad de religión se ha convertido en la libertad de no tener religión. Y en un espacio público desprovisto de Dios, se ha creado un vacío. Las ideas que han llenado ese vacío han explotado los peores instintos del ser humano, en lugar de elevarlo.

Se nos ha dicho que no somos hijos de Dios, sino hijos de tal o cual grupo identitario. Han sustituido el designio divino de la familia, en la que hombres y mujeres podían contar unos con otros y encontrarse mutuamente , por la idea de que los hombres podían convertirse en mujeres siempre que se procuraran las píldoras adecuadas en los grandes laboratorios farmacéuticos. Mostraban todo el fervor religioso de los celosos conversos, sin la gracia ni el perdón de un verdadero cristiano.

Las Escrituras nos dicen: «Por sus frutos los conoceréis». Uno se pregunta: ¿cuáles son los frutos de estas personas y sus principios? La respuesta es un hombre llamado Tyler Robinson, que mató a mi amigo [Charlie Kirk]Pensadlo. Tyler Robinson es todo lo que la extrema izquierda desea para nuestros jóvenes. Rechazó el conservadurismo y la espiritualidad, los valores de una familia tradicional. Se mudó a un pequeño apartamento, se volvió adicto a la pornografía, adicto al odio, y terminó acostándose con una persona que no sabe si es hombre o mujer.

Es el peor de los escenarios, pero es precisamente el que la izquierda promueve activamente para las familias estadounidenses, y en particular para los jóvenes que están en esta sala. Por eso debemos combatirlos.

Porque los frutos del verdadero cristianismo son hombres como Charlie Kirk. Los frutos del verdadero cristianismo son buenos maridos, padres pacientes, constructores de grandes cosas y héroes que triunfan sobre las dificultades. Y, sí, hombres dispuestos a morir por un principio, si eso es lo que Dios les pide. Porque muchos de nosotros reconocemos que es mejor morir como patriota que vivir como cobarde.

Y es esta verdad moral la que nos esforzamos por situar en el centro de nuestra acción dentro de la administración Trump y de nuestro movimiento. Una verdadera política cristiana no puede limitarse a la protección del niño por nacer o a la promoción de la familia, por importantes que sean estas causas. Debe estar en el centro de nuestra propia concepción del papel del Estado.

Para concluir, amigos míos, sé que algunos de vosotros estáis impacientes ante la lentitud de los progresos, y osrespondo: ¡sed impacientes! Utilizad ese deseo de justicia para vuestro  país como motor para implicaros más en este movimiento [se refiere al MEGA, Make America Great Agrain], de forma más eficaz y comprometida.

Sé que algunos de vosotros estáis desanimados por las luchas internas sobre diversos temas. No os desaniméis. ¿No preferiríais liderar un movimiento de pensadores, libres y a veces en desacuerdo, en lugar de un grupo de robots que reciben órdenes de George Soros?

 

«Decisiones que salvarán a nuestro país»

Sé que muchos de vosotros echáis de menos a nuestro querido amigo Charlie Kirk. Yo también. Echo de menos su optimismo.

Echo de menos su energía, como nuestras conversaciones telefónicas en las que elaborábamos estrategias para animar a tal o cual representante republicano a que por fin se moviera. Pero, sobre todo, echo de menos la sabiduría de Charlie. Echo de menos sus constantes recordatorios de que la política no es ni una obra de teatro ni un juego. Tomamos decisiones que salvarán a nuestro país y devolverán a los norteamericanos la esperanza de alcanzar sus sueños.

Si echáis de menos a Charlie Kirk, ¿prometéis luchar por la causa por la que murió? ¿Prometéis recuperar el control del país de manos de quienes le quitaron la vida? ¿Prometéis contribuir a derrotar a los radicales que se regocijaron por su muerte? ¿Prometéis honrar su memoria manteniendo la fe en Dios?

Amigos míos, comprometeos con estos puntos y yo los prometo la victoria. Os prometo fronteras cerradas y comunidades seguras. Os prometo empleos de calidad y una vida digna. Sólo Dios puede prometeros la salvación en el cielo, pero juntos podemos cumplir la promesa de la nación más grande de la historia de la tierra.

¡Feliz Navidad, amigos míos! ¡Sigamos luchando!

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