La columna del Director

EL CHINO DE LA ESQUINA

Por: Luciano Revoredo

Hubo un tiempo en Lima en que cada barrio tenía una pequeña institución doméstica, discreta y entrañable, el “chino de la esquina”. No era solo una tienda de abasto, era un punto de referencia, un lugar de paso obligado, una extensión del barrio mismo. En la Lima del siglo XX estas bodegas, regentadas casi siempre por inmigrantes chinos o sus descendientes, formaron parte del paisaje cotidiano durante décadas, hasta que la modernidad, los minimarkets y los supermercados terminaron por arrinconarlas.

Para los niños de los años 60 o 70, ir al chino era siempre una pequeña aventura. No se entraba solo a comprar, se entraba a mirar, a elegir, a conversar. Bastaba decir “un sol de Chaplin” y el chino, con una destreza aprendida en años de oficio, sacaba las clásicas galletas del cajón o frasco, las envolvía con rapidez en papel manteca y, casi siempre, añadía la yapa, ese gesto mínimo de cortesía que convertía la compra en un acto de afecto. La yapa no se pedía, se esperaba, y casi nunca defraudaba.

Allí estaban las Chaplin, las galletas bañadas en chocolate que llamábamos Miami, los caramelos Monterrico, las gomitas multicolores cubiertas en azucar que salían de enormes frascos de vidrio,  brillantes y tentadores. Todo tenía un sonido, el del frasco al abrirse, el del papel al doblarse, el de las monedas cayendo sobre el mostrador de madera gastada y vidrio. Era una liturgia sencilla, pero memorable.

En algunas bodegas del chino se encontraban también las famosas corbatitas chinas, esa masa de hojaldre oriental con la forma de un lazo y cubierta de una miel roja intensa, imposible de olvidar. Y en barrios más populares, no era raro que hubiera una trastienda donde los parroquianos se tomaban una cerveza, de pie o sentados en alguna improvisada mesa, mientras conversaban de fútbol, de política o simplemente del día.

Yo crecí en Miraflores, en la calle Santa Isabel, a una paso de la Iglesia de Fátima, en ese barrio el chino Genaro era una auténtica institución. Todos lo conocían, todos confiaban en él, todos sabían que si algo faltaba en casa, Genaro lo tenía. Y en los veranos en Ancón, nuestra despensa dependía del viejo chino Moisés, que parecía inmutable frente al  paso del tiempo. Su tienda era parte del ritual veraniego tanto como la playa o el malecón. Uno estacionaba la bicicleta en la puerta y entrando sentía el ancestral olor a madera siempre previo al feliz momento de beber una gaseosa bien helada con la que detener los rigores del estío.

Hoy casi no queda ninguno. El chino de la esquina fue desapareciendo en silencio, sin homenajes ni despedidas, reemplazado por locales impersonales, estanterías infinitas y cajas registradoras que ya no conocen al cliente por su nombre. Con ellos se fue también una forma de vida, una cercanía humana que no figura en los balances ni en los estudios de mercado.

Recordarlos es, en el fondo, recordar una Lima más lenta, más próxima, más nuestra. Una ciudad donde un sol alcanzaba para unas galletas, una yapa y una historia breve compartida al otro lado del mostrador.

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