¿Y SI CRITICAMOS A LOS VERDADEROS CULPABLES? A PROPÓSITO DE LAS DEPORTACIONES MASIVAS Y LA CARTA DEL PAPA FRANCISCO

Por: María José Corzo
Hace unos días, el Papa Francisco envió una carta a los obispos de Estados Unidos condenando las deportaciones masivas llevadas a cabo por la administración de Trump.
En su mensaje, el Sumo Pontífice exhortó a “no ceder ante las narrativas que discriminan y hacen sufrir innecesariamente a nuestros hermanos migrantes y refugiados,” reavivando un dilema moral y político que, aunque no es nuevo, sigue generando intensos debates en la sociedad.
Por un lado, la legislación migratoria de Estados Unidos penaliza el ingreso irregular al país, considerándolo un delito. Por otro, el Papa Francisco apela a principios de amor, dignidad y respeto por el prójimo.
Desde una perspectiva puramente humana, esta disyuntiva parece irresoluble. Sin embargo, Jesús nos ofreció un estándar más elevado: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. El amor a Dios prevalece sobre el orden terrenal y sus leyes, no para subvertirlos, sino para orientarlos hacia Él. Por ello, cualquier dimensión de la vida humana, incluida la migración, debe desafiarnos a encontrar el equilibrio entre el cumplimiento de la ley, la compasión y la justicia.
En su carta, el Papa Francisco recuerda la Constitución Apostólica de Pío XII sobre la atención a los migrantes, en la que se presenta a la Sagrada Familia como modelo y consuelo para quienes se ven obligados a huir de su patria. Jesús, María y José fueron refugiados en Egipto, escapando de la ira de un rey tiránico. Sin embargo, resulta llamativo que, en la actualidad, la compasión se dirija únicamente hacia los refugiados, mientras que los gobernantes responsables de su sufrimiento permanecen en la sombra.
La imagen parece incompleta: aquellos líderes cuya opresión obliga a millones de personas a abandonar su país, su cultura y sus familias simplemente no aparecen. ¿A qué se debe este inexplicable silencio?
En aquella época en que la Sagrada Familia huía de Herodes, no existía una comunidad internacional con capacidad de respuesta coordinada ni redes de comunicación instantánea que permitieran a líderes políticos y religiosos pronunciarse sobre las injusticias del mundo. Sin embargo, hoy en día, a pesar de contar con estos medios, muchos eligen callar.
Cuando se aboga por la protección de los migrantes que huyen de la pobreza extrema, la violencia, la explotación o la persecución, rara vez se cuestiona a los gobiernos responsables de generar tales crisis. Solo se señala a quienes dejan de acoger al migrante, creando así un ciclo de culpabilidad selectiva en el que no se exige cuentas a quienes, con su mala gestión, han empujado a estas personas a la migración forzada.
Para poder construir puentes y derribar muros, tal como lo pide el Papa Francisco, primero debemos luchar para que el mundo sea un entorno saludable y acogedor, empezando por los gobiernos cuya incompetencia obliga a sus ciudadanos a buscar una vida en otros países.
El aporte desde la verdad de Cristo obliga a llamar a las cosas por su nombre, pero con toda caridad.
El lenguaje, creado para describir la realidad, a menudo resulta incómodo o incluso doloroso. La doctrina cristiana reconoce el sufrimiento como un medio de crecimiento y superación. En este sentido, denunciar la tiranía o llamar criminal a quien ha cometido un delito es legítimo dentro del marco legal. Sin embargo, esto no significa que una persona deba ser reducida a su falta. Las acciones no definen por completo a un individuo, especialmente si existe la posibilidad del arrepentimiento y la redención.
Por ejemplo, nadie dudaría en llamar criminal a San Pablo antes de su conversión, cuando perseguía y asesinaba cristianos. No obstante, ello no impidió que Jesús lo mirara con amor y lo transformara en uno de los más grandes apóstoles debido a su deseo de cambiar.
Miremos a los migrantes con la misma compasión con la que Jesús miró a San Pablo: con caridad hacia quienes enfrentan dificultades, pero también con verdad, porque nadie puede amar lo que no conoce. Solo así, con amor y honestidad, podremos acercarnos al otro y empezar a sanar las heridas que algunos líderes, por acción u omisión, le hicieron a nuestra sociedad.





Excelente reflexión.
En serio cree que Miles de hombres en edad militar de religión mahometana, son obligados a huir de sus países? No advierte que es una trampa para destruir la cultura europea? Esos hombres están destruyendo las poblaciones, tantas violaciones en banda de tantas mujeres; esos hombres no tienen trabajo, y viven de subvenciones que pagan los ciudadanos con sus impuestos, que agreden a machetazos a los ciudadanos de bien y tantos otros desmanes. Que encima son sacados en barcazas por los traficantes y recogidos en el mediterráneo por yates de ongs, y dejados en el puerto seleccionado por los amoz globalistas, de ningún modo son inocentes y no pueden ser comprados bajo ningún concepto con la Sagrada Familia, la comparación es ofensiva, casi un sacrilegio.