
Por: Alfredo Gildemeister
“Ecce homo” exclamó a la muchedumbre el gobernador romano. “Ahí tienen al hombre”. Y mostró al hombre a la multitud. El hombre que vieron era una llaga viviente. Desde la cabeza a los pies, solo tenía heridas sangrantes abiertas por la terrible flagelación y golpes recibidos. En la cabeza llevaba una especie de casquete a modo de corona, pero elaborada de ramas con grandes espinos que se le clavaban en el cráneo y en la frente. El rostro del hombre estaba hinchado y amoratado, con la barba pegada a la piel por las costras y coágulos de sangre seca y en algunas partes se percibía como si parte de la barba hubiera sido arrancada de cuajo. Los ojos entreabiertos del hombre miraban al gobernador y luego a la multitud.
Los que estaban cerca del hombre pudieron apreciar con asombro, que su mirada no era de ira ni de rencor sino, increíblemente, como de compasión y de amor. La túnica se le pegaba a las llagas abiertas y el dolor era insoportable. Finalmente, el gobernador se lavó las manos en una vasija con agua que le alcanzaron y entregó al hombre a la masa embravecida para que lo crucificaran. “Soy inocente de la sangre de este hombre. ¡Allá ustedes!” exclamó cobardemente. “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos! exclamó la multitud. Definitivamente, no sabían lo que decían. “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” repetía quedamente el hombre mientras lo empujaban maniatado hacia un madero ubicado a poca distancia. Le pusieron toscamente el pesado madero sobre los hombros y lo jalaron de las cuerdas que lo maniataban para que caminara. El peso del madero sobre el hombro llagado era espantoso. El hombre sangraba copiosamente.
Lo llevaron como oveja al matadero, prácticamente a rastras pues el hombre casi no podía sostenerse, pese a que podía apreciarse que era alto y fuerte, al menos así lo parecía. Pero ahora solo era un despojo humano. Estaba tan debilitado que los soldados romanos tuvieron que forzar a uno que estaba por allí para que le ayudara a cargar el madero. Subió paso a paso por esa extraña especie de colina pequeña de roca viva al que llamaban Calvario o lugar de la calavera, por la forma de ese montículo rocoso. Allí pusieron el madero en el suelo y echaron al hombre encima de éste luego de desnudarlo. Extendieron sus brazos casi hasta descoyuntarle las articulaciones del hombro. El dolor fue insoportable. Fue en ese momento que le clavaron en las muñecas unos grandes clavos. Quedó sujeto al madero. Lo mismo hicieron con sus pies. Lo estiraron para que los talones coincidieran en una especie de cavidad en la madera. Sus pies quedaron clavados al madero. Ahí no terminó todo. Voltearon el madero quedando el hombre aplastado por el peso de éste, para remachar los clavos que salían por el otro lado.
Luego alzaron al madero con el hombre clavado y lo introdujeron en un agujero cavado en la roca. El sacudón del momento en que la cruz quedó sujeta al agujero le causó otro dolor insoportable. Un gemido de dolor emitió el hombre y quedó colgando respirando con mucha dificulta puesto que tenía que apoyarse en los talones y en el clavo de los pies para poder respirar. Allí quedó el hombre solo. Las grandes multitudes que lo siguieron durante tantos años y que inclusive hacía una semana lo habían aclamado en Jerusalén, habían desaparecido. Aquellos que quedaron sanos de sus enfermedades, libres de los demonios que libró e inclusive aquellos que resucitó, no estaban allí. El hombre estaba solo. Más que el terrible dolor físico, quizá lo que mas le dolía era la soledad que sentía en esos momentos. De sus amigos discípulos, uno lo había traicionado por treinta monedas de plata y el resto habían huido muertos de miedo.
Solo uno estaba al pie de la cruz, el más joven de sus discípulos amigos, Juan, casi un adolescente. Y acompañaba y consolaba a la madre del hombre crucificado que lloraba calladamente. Un poco más alejadas, unas cuantas mujeres estaban también mirando al hombre colgado del madero. Algunos soldados se burlaban vulgarmente del crucificado. Solo Juan y la madre del crucificado estaban adelante, al pie del madero empapado ya en sangre. Fue en ese momento que el hombre levantando la cabeza y mirando al amigo amado, le dijo: “Mujer, he ahí a tu hijo” y mirando al joven discípulo le dijo: “He ahí a tu madre”. Fue en ese momento en que no solo Juan sino la humanidad entera fue entregada bajo la protección de la madre del hombre colgado en el madero. Ya siendo la hora tercia, el hombre exclama: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” y muere. Fue en esos instantes en que hasta la naturaleza emitió como un grito de protesta. Un terremoto asoló a la región, el cielo se oscureció y todo quedó en tinieblas, muchos muertos resucitan, salen de sus tumbas y son vistos deambulando por Jerusalén, el velo del templo se rasga en dos y todo esto hace que los hombres poco a poco vayan reconociendo lo sucedido. Antelo sucedido, el centurión romano que estaba al pie de la cruz exclamó lo que algunos ya habían reconocido: “En verdad este hombre era hijo de Dios”. Tres días más tarde, el crucificado resucitaría de entre los muertos, triunfando sobre la muerte como Dios que es.
Han pasado dos mil años de este hecho histórico, real y concreto, sucedido alrededor del año 33 D.C. y hoy la humanidad entera pasa por un calvario. No se trata de un grupo humano, una región y ni siquiera un continente. Toda la humanidad entera sufre el encierro, diversos sacrificios, hambre, sed y hasta dolor y muerte por la pandemia del coronavirus. Curiosamente, encontrándonos en cuaresma y ahora en semana santa, hoy la humanidad recuerda a ese hombre colgado en un madero que no es otro que el mismo Dios hecho hombre que se entregó por todos nosotros. Hoy la humanidad forzosamente no se ha ido frívolamente en esta semana santa de fiestas, paseos, viajes, campamentos y otras diversiones más, sino que paradójicamente, como si ese Dios que hace dos mil años sufrió por todos nosotros, quisiera que lo recordáramos más que nunca hoy, cada uno desde su casa, y que meditáramos hoy sobre el verdadero sentido de la vida y lo esencial que es Dios en nuestras vidas. La humanidad entera está hoy en el Calvario, sufriendo al lado de ese hombre -perfecto Dios, perfecto hombre-. Es como si Dios quisiera que reflexionáramos y cambiáramos nuestras vidas de una vez por todas. Hoy la humanidad entera sufre, está angustiada de su futuro, tiene miedo a la incertidumbre, pues en su gran soberbia y arrogancia, no había puesto su “seguridad” en Dios, sino en el dinero, el poder, sus posesiones, su trabajo, el placer, el materialismo y un consumismo egoísta.
Que esta semana santa nos lleve a toda la humanidad a reflexionar, a cambiar y a comprender ese calvario que todo un Dios hecho hombre, sufrió con toda humildad, quedamente, hace dos mil años. Solo así entenderemos el sentido del actual calvario que hoy la humanidad entera sufre por el coronavirus y recurriremos como Juan también al pie de la cruz, a la protección y amor de ese Dios crucificado y olvidado por la humanidad.





