
Por: José Antonio Anderson
Pequeña en todos los sentidos; no superaba el metro 40 de estatura, enfermiza, analfabeta y extremadamente pobre, pero también, obediente, de carácter alegre, piadosa, pura, y, sobre todo, naturalmente buena. Así era Bernadette Soubirous. Con esas características, era acreedora de la mirada misericordiosa de Dios Padre, por la que el propio Señor Jesús daba gracias: “Tomando Jesús la palabra, dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí Padre, porque tal ha sido tu beneplácito (Mt. 11, 25-26)”.
Los Soubirous estaban compuestos por el padre François Soubirous, quien era tuerto del ojo izquierdo, tenía por oficio el de molinero, además de juntar la basura del pueblo y alquilar su trabajo como simple jornalero; la madre, Louise Castérot, lavaba ropa y servía eventualmente en las casas de otras familias. Tuvieron un total de 9 hijos, varios de los cuales murieron siendo aún infantes. Bernadette era la mayor. Toda la familia iba los domingos a Misa y rezaban el rosario todos los días por la tarde.
Vivían en un solo ambiente conformado por un húmedo y maloliente sótano de apenas unos veinte metros cuadrados, que era en realidad la antigua y pequeña carceleta del pueblito denominado Lourdes, en las faldas de los Pirineos franceses, el cual había sido abandonado por insalubre. Conocían a su vivienda como el cachot; es decir, «el calabozo». La única habitación a la que nunca entraba la luz del sol, solo tenía tres camas, donde dormían hacinados y a veces llenos de piojos y pulgas. No tenían servicio de agua potable para lavar y asearse.
Al no poder pagar la educación, por ser muy pobre, y por tener que cuidar a sus hermanos menores en casa, Bernadette a sus catorce años va muy poco a la escuela, sufre frecuentemente de ataques de asma, el cual se agrava a causa de la humedad de su vivienda. Pero a pesar de la fatiga que le causaba el asma, se muestra siempre
alegre y sonriente. No habla francés, solo el patois local.
El jueves 11 de febrero de 1858 Bernadette fue con su hermana Toinette y su amiga Jean Abadie a buscar leña por las orillas del río Gave de Pau, y a recoger huesos para venderlos y conseguir así algunas monedas. Así, llegaron frente a la gruta denominada de Massabielle, que significa «la roca vieja».
Toinette y Jean tiraron sus zuecos a la parte opuesta y pasaron por el agua, que estaba muy fría por el deshielo de la nieve. Bernadette pensó en no seguirlas, pues el agua fría le podía hacer daño. Por otra parte, no quería que las dos se alejaran solas, así que decidió cruzar a pesar de su mala salud, como ella misma refiere: “Casi no había llegado a quitarme una media cuando oí un rumor de viento, como cuando se acerca una tempestad. Me volví para mirar por todas partes de la pradera y vi que los árboles casi no se movían. Vislumbré, pero sin detener la vista, una agitación en las ramas y en las zarzas de la parte de la gruta. Seguí descalzándome y, cuando me disponía a meter un pie en el agua, oí el mismo ruido ante mí. Levanté los ojos y vi un montón de ramas y zarzas que iban y venían agitadas, por debajo de la boca más alta de la gruta, mientras nada se movía alrededor. Detrás de las ramas, dentro de la abertura, vi enseguida a una joven toda blanca, no más alta que yo, que me saludó con una ligera inclinación de cabeza, al tiempo que apartaba un poco del cuerpo los brazos extendidos, abriendo las manos… La jovencita me sonreía con muchísima gracia y parecía invitarme a que me acercase a ella. Pero yo aún sentía miedo. Sin embargo, no era un miedo como el que había sentido otras veces, porque me hubiese quedado mirando siempre a aquella (Aquéro como la llamaba Bernadette en patois local)”.
Es una visión brillante, llena de gloria, indescriptible, precedida de un rumor de viento, semejante al de una manifestación divina que trae remembranzas del Antiguo Testamento: “Entonces Yahvé pasó y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante Yahvé; pero en el huracán no estaba Yahvé. Después del huracán, un terremoto; pero en el terremoto no estaba Yahvé. Después del terremoto, fuego, pero en el fuego no estaba Yahvé. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. (1 Reyes 19,12)”.
Solo podemos especular cómo habría sido este resplandeciente pero sosegado encuentro, precedido de un suave rumor de viento, como si se tratase de un nuevo Pentecostés. Viene a la memoria una estrofa del canto mariano tradicional “Los Rosales en Flor” cuya estrofa inspirada describe: “La vi tan bella como la aurora, cual sol refulgente en medio del cielo. La vi tan bella, la vi radiante, reinando en el cielo muy cerca de Dios”.
Bernadette prosigue: “Yo rezaba con mi rosario. La joven deslizaba las cuentas del suyo, pero no movía los labios. Mientras rezaba el rosario, yo miraba cuanto podía. Ella llevaba un vestido blanco, que le bajaba hasta los pies, de los cuales sólo se veía la punta. El vestido quedaba cerrado muy arriba, alrededor del cuello. Un velo blanco, que le cubría la cabeza, descendía por los hombros y los brazos hasta llegar al suelo. Sobre cada pie vi que tenía una rosa amarilla. La faja del vestido era azul y le caía hasta un poco más abajo de las rodillas… Terminado el rosario, me saludó sonriendo. Se retiró dentro del hueco y desapareció súbitamente”.
Acababa de producirse algo realmente extraordinario, la apertura repentina, en una gruta de un rincón montañoso de Francia, de una ventana del Cielo. Quiso y agradó a la Bienaventurada Virgen María, con un favor misericordioso, manifestarse en la tierra pirinea a una niña piadosa y pura, a una niña verdaderamente pequeña, en quien se cumple la Escritura “Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte (1 Cor. 1, 27)”.
El domingo 14 de febrero Bernadette regresa a la gruta de Massabielle, esta vez lleva agua bendita. Se produce la segunda aparición de Aquéro. Bernadette no sabía todavía quién era realmente la señora, por ello se levantó y se acercó al ser misterioso y le dijo: “Si viene de parte de Dios, ¡quédese! Y si no ¡váyase!”. Y le echó agua bendita. Bernadette prosigue: “Ella sonrió, inclinó la cabeza y cuanto más la rociaba yo, más sonreía ella e inclinaba la cabeza, y más la veía yo hacer sus señas… y entonces, muy asustada, me apresuraba a rociarla y lo hice hasta que la botella se vació”.
Para el jueves 18 de febrero, muy temprano, Bernadette lleva un tintero, una pluma y un papel. Piensa dárselo a la señora para que escriba su nombre. Se produce la tercera aparición, en la que la Virgen habla por primera vez. “Señora, ¿tendréis la amabilidad de darme vuestro nombre por escrito? Aquéro sonrió y dijo con maternal ternura: Lo que tengo que decir no es necesario escribirlo”. Era la primera vez que oía su voz fina y suave. Ahora estaba segura de que no se trataba de una ilusión. “Entonces la visión, con su dulcísima voz, le dijo: «¿Quieres hacerme el favor de volver aquí durante quince días?». Bernadette respondió: «Cuando haya pedido permiso a mis padres, volveré». «No te prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro». Después de decir esto, la aparición se elevó hacia la bóveda y desapareció”.
La cuarta aparición se dio el viernes 19 de febrero. Bernadette manifestó que, en un momento de la aparición, inesperadamente, como vomitados del Gave, se oyeron unos aullidos que habían perturbado el silencio de Massabielle. Y una voz rabiosa, que dominaba a las demás voces, gritaba: Huye, huye. Ella se dio cuenta de que los gritos no se dirigían sólo a ella, sino también a la visión, que miró hacia aquella dirección y, con una soberana autoridad, redujo al silencio aquella multitud de demonios. Es gratificante ver en esta escena cómo la Estrella del mar se asemeja a su Hijo, la Estrella radiante de la mañana (Ap. 20,16), al tener autoridad absoluta sobre los demonios.
Al ser multitudes las que ahora acompañaban a Bernadette a la gruta de Massabielle, el Comisario de Policía Dominique Jacomet decidió interrogar a la vidente creyendo que se trataba de un engaño y procurando frenar las visitas a la gruta. “Así, Bernadette, que ves a la Virgen. Yo no he dicho que vea a la Virgen respondió la vidente. Entonces, ¿qué has visto? replicó el comisario – Una cosa blanca. – ¿Es una cosa o es alguien? – Aquéro tiene la forma de una niña contestó Bernadette. Trató de intimidarla, de persuadirla, incluso la amenazó con cárcel, pero Bernadette no entraba en contradicciones, se expresaba con una lucidez calmosa y relajada, propia de quien tiene total equilibrio y control de sus emociones. El propio párroco del pueblo, el Padre Peyramale se mantenía escéptico, llegando incluso a prohibir que las personas fuesen a la gruta.
El jueves 25 de febrero se produjo la novena aparición, Nuestra Señora pide «Penitencia… penitencia… penitencia». Bernadette en éxtasis no tenía la sonrisa dichosa de los otros días; al contrario, su expresión era triste. Bajando de manera directa al torrente, volvía la cabeza a un lado, hacia la cavidad interior… Pero, una vez más, algo la detenía y la obligaba a volver. Entonces una súbita decisión la llevó a inclinarse sobre el suelo húmedo. Escarbó con la mano derecha, formando un pequeño cuenco, lo hundió en el barro, que se volvía líquido en el fondo del hoyo, se lo llevó a la cara, lo rechazó con disgusto, volvió a escarbar por segunda vez y aún una tercera, siempre la misma maniobra… disgusto, rechazo. A su alrededor, la multitud se preguntaba alarmada: ¿Qué estaría escarbando? Por último, reanudó la operación por cuarta vez, recogió con precaución un poco de agua sucia en el hueco de la mano, la bebió con sumo esfuerzo, esta vez ensuciándose la cara. Asimismo, arrancó hierbas silvestres y las masticó. Los asistentes estaban consternados. Muchos creyeron que la niña estaba loca y se llevaron una gran desilusión.
La niña con tranquilidad manifestó que todo lo había hecho por orden de Aquéro. Pero del punto donde Bernadette había escarbado ahora brotaba agua. Un torrente subterráneo hasta ahora desconocido emergía del interior de aquel punto de la gruta y generaba una hilera de agua que se deslizaba hacia abajo hasta alcanzar el torrente principal.
El lunes 1 de marzo, después de la duodécima aparición, por la noche, una mujer que tenía el brazo derecho paralizado y los dedos retorcidos a causa de un accidente anterior al haberse caído de un árbol de bellotas, de nombre Catherine Latapie, llamada Chouat, se levantó para ir a la gruta, pues una idea esperanzadora la despertó: «Corre a la gruta y te curarás». Ella se encontraba en Loubajac, un pueblo situado en el camino de Pau. Lourdes quedaba a casi seis kilómetros; la gruta, a siete. Y era de noche. En la gruta, después de rezar, salvó la pendiente, se agachó al fondo, bajo la bóveda baja y sumergió la mano en el agua cenagosa. Una gran tranquilidad la invadió entonces. Sacó la mano. Era la que estaba lisiada. Pero ahora notaba los dedos flexibles… los juntó (cosa que no podía hacer desde hacía mucho tiempo) para dar las gracias y se abismó en la oración.
A estas alturas, el todavía escéptico párroco del pueblo, el padre Payramale empezaba a cuestionarse por las multitudes y los comentarios sobre las aguas milagrosas, por la vuelta a la oración de las personas, por el fervor y las conversiones ¿Y si fuese voluntad del cielo? Pero Bernadette armada de valor le dijo de manera directa “Señor cura, Aquéro me ha dicho: «Dígales a los sacerdotes que hagan levantar aquí una capilla». Pero el Padre Peyramale insistió en que se debería conocer su nombre. Bueno, pues si quiere la capilla, que diga su nombre y que haga florecer el rosal de la gruta, fue su respuesta. Si dice su nombre y si hace florecer el rosal, le construiremos la capilla.
En la décimo sexta aparición, ocurrida el jueves 25 de marzo, la Virgen revela su nombre. Señorita, ¿tendría la bondad de decirme quién es, por favor? La sonrisa de Aquéro se hizo aún más amplia. Se echó a reír, pero esta vez Bernadette no iba a renunciar. A la cuarta ocasión Aquéro dejó de reír. Cambió el rosario, llevándoselo al brazo derecho. Sus manos se separaron, y las extendió con las palmas hacia el suelo. De aquel gesto tan sencillo emanaba majestad; su silueta de niña adquirió grandeza; su juventud, un peso de eternidad. Con un movimiento acompasado, juntó luego las manos a la altura del pecho, levantó los ojos al cielo y dijo en patois local: «Que soy era Immaculada Councepciou» (Yo soy la Inmaculada Concepción). La joven vidente salió corriendo, repitiendo sin cesar, por el camino, aquellas palabras que no entiende. Al llegar donde el Padre Peyramale, quien estaba al tanto de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción cuatro años antes, pues Bernadette no lo sabía ni entendía, y al comunicarle el nombre de la señora, éste queda profundamente conmovido.
La Madre de Dios acude a Bernadette, la hace su confidente, su colaboradora, instrumento de su maternal ternura y de la misteriosa omnipotencia de su Hijo, para restaurar el mundo en Cristo mediante una nueva efusión de la Redención. Porque todo en María nos lleva hacia su Hijo, único Salvador, en previsión de cuyos méritos fue inmaculada y llena de gracia; todo en María nos eleva a la alabanza de la adorable Trinidad. (SS. Pio XII. Encíclica Le Pelerinage de Lourdes N° 9).
El mensaje de la Virgen en Lourdes es sencillo, conversión, penitencia, oración por los pecadores. Es un llamado a volver los ojos a su Hijo, a regresar a la Iglesia, a convertirnos y ser coherentes. El camino es duro, pero no estamos solos.
Es pues propicia la oración de san Bernardo de Claraval para ese proceso de conversión: “¡Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María!” “Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María”. “Si eres agitado por las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María”. “Si la ira, o la avaricia, o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María”. “Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza, en los abismos de la desesperación, piensa en María”. “En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María”. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. “No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiende su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si Ella te ampara”.





