
Por: José Antonio Anderson
Desde los primeros siglos del cristianismo, la Iglesia primitiva guiada por las sagradas Escrituras y la Tradición Apostólica, profesaba gran veneración y profundo amor filial por la Santa Madre de Jesucristo, la Virgen María. Así, ya desde el siglo IV la Iglesia rezaba esta oración “Tota pulchra es, Maria, et macula originalis non est in te”, que se traduce como “Toda bella eres, María y el pecado original no está en ti”. Esa es una clara manifestación de la fe de los cristianos en la concepción inmaculada de la Virgen María, lo que se mantuvo a lo largo de la Edad Media, durante la cual, canónigos de las Iglesias en toda Europa, celebraban ya la fiesta de la Inmaculada Concepción.
Sin embargo, surgieron algunos teólogos contrarios a tal celebración, porque temían que considerar a la Virgen María exenta de todo pecado, incluso el original, entraba en abierta contradicción con la doctrina del apóstol Pablo, cuando sostiene que “todos pecaron y están privados de la gloria de Dios (Rm. 3,23.)”. Se dice que incluso San Bernardo de Claraval habría dicho que “Con la buena voluntad de dignificar a María, lo que se hace es sustraerla a la gracia redentora de Cristo”.
Fueron muchos los teólogos que abrazaron tales tesis a tal punto que la Iglesia decidió debatir públicamente la disputa en la Universidad más prestigiosa de París en el año 1305 en presencia de tres delegados papales. La Orden de los Predicadores, por aquel tiempo mayoritariamente contrarios a la doctrina de la concepción inmaculada de la Virgen, y tradicionales inquisidores de la Iglesia, fueron los encargados de su fundamentación.
¿Y quién defendería la tesis contraria? ¿Qué hijo valiente defendería el honor de la Madre de Jesús y de su Madre? Un fraile menor franciscano, de origen escocés, fue el encargado de tal misión. Un joven llamado Juan Duns Escoto, en quien encontramos remembranzas del Libro del Profeta Isaías: “Y percibí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré? ¿y quién irá de parte nuestra»? Dije: «Heme aquí: envíame.» (Is. 6,8.)”.
Juan Duns Escoto sale del convento de los frailes menores franciscanos y mientras se dirige hacia el lugar del debate, la Universidad de la Sorbona, invoca a Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, le pide que le envíe su Santo Espíritu para que lo ilumine en aquella disputa y lo ayude a defender el honor de su Santa Madre.
En la gran Sala de la Universidad toman asiento los delegados papales en el estrado de honor, toman sus lugares los representantes de la Orden de Predicadores, así como los numerosos asistentes y veedores. También ingresa la delegación de los frailes menores, hijos de san Francisco, el pobrecillo de Asís.
Los opositores fueron los primeros en fundamentar, sosteniendo múltiples argumentos, que los veedores contaron hasta el numero de 200, daban razones por las cuales se debería sostener que la Virgen María no fue preservada del pecado original. Mientras tanto, el humilde fraile franciscano escuchaba con serenidad y en silencio a todos los expositores. Terminadas las sustentaciones de los dominicos, se hizo silencio.
Era el turno del fraile menor Juan Duns Escoto, quien con una memoria asombrosa repitió uno a uno los argumentos contrarios, todos, en el mismo orden, desdoblando las cuestiones y las dificultades teológicas y exponiendo sus argumentos con gran facilidad para probar que la Santísima Virgen fue concebida sin mancha de pecado. Su exposición causó gran conmoción y conturbó a todos los asistentes incluso a los contendientes, por lo que podría repetir lo que dice el Salmo 118 “Me rodeaban todos los gentiles, en el nombre de Yahvé los rechacé; me rodeaban una y otra vez, en el nombre de Yahvé los rechacé. Me rodeaban lo mismo que avispas, llameaban cual fuego de zarzas, en el nombre de Yahvé los rechacé. ¡Cómo me empujaban para abatirme!, pero Yahvé vino en mi ayuda. (Sal.118, 10-13)”.
El 18 de julio de 1830, en vísperas de la fiesta de San Vicente de Paúl, ocurre otro hecho extraordinario nuevamente en París, en la Capillita de la Calle Du Bac, en la Casa de la Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Le ocurre a otro personaje humilde. A las once y media de la noche, una joven novicia de nombre Catalina Labouré oye que la llaman por su nombre. Al pie de su cama, un niño misterioso, que debería tener unos cinco años, la invita a levantarse: «Ven a la Capilla. La Virgen María te espera». Catalina se viste su vestido blanco de novicia y sigue al niño cuyos destellos iluminan todo a su paso. Las puertas que deberían estar cerradas se abren sin dificultad. Los pasillos se iluminan cuando deberían permanecer oscuros. Llegan a la Capilla, Catalina se detiene cerca del sillón del sacerdote situado en el presbiterio. Oye entonces como el “roce” de un vestido de seda. Una Señora luminosa, radiante, descendió los escalones del altar y se sentó en la silla del sacerdote. “La Santísima Virgen”, diría luego Catalina, “era la mujer más hermosa que jamás había visto”. Catalina se arrodilló. La Virgen la miró con ojos de profunda ternura. Catalina de rodillas, apoyó sus manos en el regazo de María, recostando la cabeza como una niña en las rodillas de su madre. Durante dos horas conversaron de corazón a corazón. “Fueron los momentos más felices de mi vida” diría Catalina después.
Fue en la segunda aparición, el 27 de noviembre de 1830 en que la Virgen María le revela el encargo divino. Catalina refiere que apareció una forma ovalada en torno a la Virgen y en el borde interior de esa forma estaba escrito “María sin pecado concebida ruega por nosotros que recurrimos a ti”. La Virgen María le pidió que se acuñara una Medalla con esa inscripción. Originalmente la Medalla se llamo “Medalla de la Inmaculada Concepción”, pero por la cantidad de milagros que se produjeron y se producen hasta la actualidad en quienes la portan, pasó a llamarse “Medalla Milagrosa”.
Fue pues en la armoniosa y apacible tranquilidad de una capillita de convento, la Misericordia de Dios se manifiesta enviando a su Santa Madre a una joven humilde, sencilla, nacida de padres campesinos y forjada por el dolor, quien pudo arrodillarse ante la Reina del Cielo, y de quien se dice que es la única a quien María permitió posar sus manos sobre sus rodillas. El mensaje que se acuña para perpetua memoria y conciencia de los hombres es corto y claro “María sin pecado concebida…”. María, además, está aplastando la cabeza de la serpiente que está sobre el mundo. Ella, la Inmaculada tiene todo poder dado por Dios para triunfar sobre Satanás. Si bien es cierto que Jesucristo es el único mediador ante el Padre, María es mediadora por participación.
El 8 de diciembre de 1854, por inspiración del Espíritu Santo, para gloria de la Santísima Trinidad y honor de María, el Papa Pío IX proclama solemnemente el Dogma de la Inmaculada Concepción mediante la siguiente fórmula: «Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio concedido por Dios Todopoderoso, en vista de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada libre de toda mancha de pecado original, es una doctrina revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles». No hay duda, ni debe haberla ya. María fue concebida sin pecado original.
Cuatro años después, el jueves 11 de febrero de 1858, otro acontecimiento extraordinario ocurría en las faldas de los Pirineos franceses, a orillas del río Gave, en la llamada Gruta de Massabielle, a otra niña también humilde, sencilla, y nacida de padres campesinos, pero esta vez, además, analfabeta. Se trata de Bernardita Souvirous, quien, acompañada de su hermana y de una amiga, se dirige a la Gruta de Massabielle, para recoger leña y ramas secas. Mientras se quitaba los zapatos para cruzar el arroyo y no mojarlos, oye un ruido como de una ráfaga de viento, cuando levanta la cabeza hacia la Gruta: «Vi a una señora vestida de blanco: llevaba un vestido blanco, un velo también de color blanco, un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie.» Hace la señal de la cruz y reza el rosario con la Señora. Terminada la oración, la Señora desaparece de repente.
El jueves 25 de marzo, en la décimo sexta aparición, la Virgen revela su nombre. «Levantó los ojos hacia el cielo, juntando en signo de oración las manos que tenía abiertas y tendidas hacia el suelo, y me dijo: Yo soy la Inmaculada Concepción.» La joven vidente salió corriendo, repitiendo sin cesar, por el camino, aquellas palabras que no entiende. Al llegar donde el párroco de Lourdes, el padre Peyramale, quien estaba al tanto de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción cuatro años antes, pues Bernardita no lo sabía ni entendía, y al comunicarle el nombre de la señora, éste queda profundamente conmovido. Era la confirmación de aquel Dogma, y es que la presencia de pecado original entra en contradicción con la Encarnación del Verbo. Dios no es compatible con el pecado. Ni siquiera con el pecado original. Dios no podría haberse encarnado en alguien que mantuviera pecado original. María pues, para albergar en su seno al mismo Dios, quiso el Señor preservarla de toda mácula, de todo pecado, quiso el Señor, desde su concepción preservarla incluso del pecado original. Por ello la Iglesia entera canta en el cántico del Salve Salve “Pues, llamándote pura y sin mancha, de rodillas los mundos, están…” Y continúa “Y al mirarte entre el ser y la nada, modelando tu cuerpo, exclamó: «Desde el vientre será inmaculada, si del suyo nacer debo yo»”.





