Iglesia y sociedad

Yes, Lord. I do believe

(RNS5-march25) Rev. Frank Pavone of Priests for Life, left, leads a prayer beside Rev. Patrick Mahoney right, in front of the Supreme Court, as they support businesses challenging the contraception mandate of the Affordable Care Act on Tuesday (March 25). For use with RNS-SCOTUS-HOBBYLOBBY, transmitted on March 25, 2014, RNS photo by Adelle M. Banks

Por: Andrés Valle Mansilla

En medio de la pandemia del coronavirus, los católicos aprovechamos para practicar conductas que muchas veces hacemos de manera mecánica y sin la suficiente profundidad: rezar el rosario, leer la Biblia o revisar escritos doctrinales que nos ayuden a enderezar nuestra fe, la cual está a prueba con este confinamiento que nos impide salir a confesarnos, escuchar misa en nuestra parroquia o visitar el Santísimo Sacramento por unos minutos. Es una prueba en la, para muchos, cuaresma más difícil de sus vidas; aunque por supuesto, no tiene comparación con el testimonio de los mártires, en países donde la fe es perseguida, especialmente en Corea del Norte, Somalia, Pakistán, Arabia Saudí e Irán.

Tenemos bastantes testimonios de sacerdotes y religiosos que entregan su vida por amor a los enfermos por el COVID-19, sin importar el riesgo de contagio. Porque como bien lo dijo San José de Calasanz, “perdida está el alma que antepone la salud a la santidad”. El cuerpo muere, pero el alma humana no. Eso no significa despreciar la salud propia ni la de los necesitados. Simplemente, no debe descuidarse la misión de abandonar espiritualmente a las ovejas encomendadas a un pastor específico. Es difícil, pero la oración fortalece y da paz a quien invoca a Dios en medio de esta crisis. De ahí la importancia de escuchar la misa por televisión o por internet y unirse a la comunión espiritual, previa recitación del acto de contrición con sinceridad de corazón.

¿A qué viene todo esto? ¿Acaso es un recordatorio más? No. Porque esta vez deseo compartir el impacto que me produjo una homilía predicada por el sacerdote Frank Pavone, un sacerdote que desde Florida, Estados Unidos, sostiene y educa en la fe a miles de fieles desde los medios de comunicación. Curiosamente, fue mi primera misa vivida en la intimidad de mi hogar, seguida en vivo por Facebook y hablada íntegramente en inglés sin traductor (una oportunidad para practicar el idioma de la globalización). Era el cuarto domingo de cuaresma y el evangelio hablaba de la curación a un ciego de nacimiento. La homilía fue extraordinaria y tiene mucha actualidad en lo referido a la actitud de muchos corazones ante la verdad.

Para comenzar, las palabras de Jesús respecto a que ni el ciego ni sus padres pecaron, sino que el primero nació así para que se “manifiesten en él las obras de Dios”, es un reto para nuestra inteligencia, pues casi siempre asociamos los males del cuerpo a quienes pecaron. Sin embargo, podemos tener buena salud y aun así ser ciegos de espíritu. Esto es lo que tenían los fariseos que interrogaban intrigados y escépticos al ex ciego por el milagro y su autor. Cuando se encuentra con Jesús y lo reconoce como el hijo del Hombre se convierte y lo sigue (“Yes, Lord. I do believe” en palabras pronunciadas en la misa). Los fariseos, pese a seguir la ley de Moisés, se proclaman puros, por el mero hecho de cumplirla a rajatabla.

Como Cristo siempre rompe esquemas, curó en pleno sábado al ciego. Eso “descuadró” a los fariseos, quienes consideraban inaudito realizar milagros ese día por más profeta que alguien dijese ser. Sin embargo, debido al poder político y no sólo religioso que ostentaban, amenazaban a todo el que reconociera como el mesías a Jesús. Pero éste les hizo ahondar más en su confusión al decirles «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos». Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?» Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: “Vemos” vuestro pecado permanece» (Jn. 9, 37-41).

Jesús les hace ver su ceguera espiritual al no amar con obras como Dios pide. Las obras definen a una persona y no sus poses, imágenes, contactos, títulos o privilegios. Podemos estar en la Iglesia Católica y aun así no rendir fruto para gloria de Dios. Podemos alegar ser católicos y aun así no darnos un tiempo para profundizar en los misterios de nuestra fe. Podemos perseverar en cualquier comunidad católica y aun así dejarnos llevar por la acedia, es decir, el no alegrarnos con las cosas de Dios. Podemos decir ser católicos y aun así apoyar causas abiertamente contrarias a lo que enseña Cristo y su Iglesia. Aquí es cuando el Espíritu Santo habló a través del padre Frank Pavone y que merece un párrafo aparte.

Satanás busca dividir a través de la soberbia y el odio. Jesús, en cambio, vino atraer división no en base a intereses mezquinos sino para separar la luz de la oscuridad, la verdad de la mentira y el odio del amor. Esa separación es la que pone en evidencia la actitud de los corazones ante el anuncio del Evangelio. La práctica de la caridad, la oración, la frecuencia de los sacramentos y la formación permanente en temas de fe fortalecen el alma con el tiempo y nos ayudan a ver la realidad temporal ayudados por el Espíritu de la Verdad y no limitados por criterios filosóficos, materiales, políticos o económicos. La ceguera espiritual de los fariseos, la cual es puesta al descubierto por Jesús, es un recordatorio de que muchas veces nos dejamos llevar por el orgullo para no ver más allá de lo que nos muestran nuestros sentidos.

Una clara muestra de esto es la actitud de los seguidores de lo “políticamente correcto”, de quienes apoyan las causas pro-elección, es decir, aborto, eutanasia, ideología de género. De quienes defienden a las mujeres violentadas acusando de violadores a todos los varones por el hecho de serlo, de quienes, al carecer de argumentos racionales insultan en redes a sus críticos usando perfiles anónimos, de quienes blasfeman y vandalizan edificios católicos con total impunidad, de quienes promueven leyes anti-vida y anti-familia pensando en los “derechos humanos”, entre otros ejemplos. Todos alegan estar “en el lado correcto de la historia” como aseveraron el dictador Nicolás Maduro o el primer ministro Justin Trudeau.

La ceguera espiritual es un claro reflejo de los corazones que desprecian la verdad, por más poderosos, carismáticos y notables comunicadores que sean, pese a que sucedan hechos extraordinarios que inviten a su conversión. Eso tiene una estrecha relación con la parábola de Lázaro y el rico, específicamente cuando el padre Abraham le responde al condenado rico “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.” (Lc. 16, 31). De esta manera, los dos citados pasajes de evangelio hablan de manera contundente sobre las consecuencias de nuestros actos y omisiones y de la trascendencia de nuestra existencia más allá de la muerte, especialmente ahora 25 de marzo, que se celebra además de la Fiesta de la Anunciación, el Día del niño por nacer.

Finalmente, en medio de esta pandemia que nos obliga a repensar nuestras prioridades y hábitos, no podemos dejar de escuchar lo que Dios nos comunica. Por mi parte, el padre Frank Pavone se ha ganado el apoyo, oraciones y admiración del autor de este artículo. No hay duda de que Dios sorprende siempre y que no deja de tener vigencia su Palabra para beneficio de nuestras almas. Por lo tanto, sigamos con devoción y humildad al Padre, a pesar de los diversos problemas que nos agobian, sobre todo los referidos a la lucha contra la cultura de la muerte, pues Jesús ya nos tiene garantizada la victoria.

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