Vida y familia

SEÑORA MINISTRA, A MIS HIJOS LOS EDUCO YO

Por: Gabriela Pacheco

«No hay mejor medio para dirigir moral y políticamente a los ciudadanos que el monopolio de la enseñanza en manos del Estado»

Napoleón Bonaparte

Días atrás en una entrevista la ministra de la Mujer y Poblaciones vulnerables, Gloria Montenegro, pronunció una desacertada frase que encendió más la polémica de los padres de familia frente a la aplicación del enfoque transversal de género en el currículo educativo. Quisiera detenerme en estas palabras, “para que sean personas de bien”.

En la Grecia clásica, la reflexión ético-filosófica tuvo como punto de partida la certeza de que el hombre aspira al bien, y de que esa aspiración es el motor de toda su actividad. No hay acción ni deseo humano que no miren a un bien. Ningún hombre cuerdo actúa para hacerse mal. Ya que es indudable que los hombres realizan a veces acciones de las que después se arrepienten, es conveniente decir que el hombre actúa queriendo siempre un bien o algo que parece uno, pues existe un bien verdadero y un bien aparente (que tarde o temprano se comprueba que es un mal).

Esto se debe a que el hombre a diferencia de los animales no tiene un instinto natural, sino que su comportamiento es determinado por la razón y querido por la voluntad personal. Lo que nos lleva a que el hombre actúa por sí mismo, libremente, y es gobernado moralmente. La moral es personal porque el hombre es libre de obrar como le parece. Es decir, el hombre actúa moralmente porque es libre de escoger el bien.

Si el Estado, o en este caso la ministra, pretende indicarnos el “bien” para nuestros hijos, estaría regulando la moral personal; por consiguiente, ¿en qué quedaría el respeto a la libertad, característica esencial de un Estado justo?

Las declaraciones de la ministra Gloria Montenegro presentaría una solución dictatorial para el descontento de los padres de familia ante la aplicación del enfoque transversal de género en el currículo educativo, la imposición de lo que es “bueno” para nuestros hijos, o les hace “bien”. Se advierte la importancia del asunto si se tiene en cuenta que el derecho fundamental e inalienable de los padres de familia es, entre otras cosas, poder elegir libremente la educación de sus hijos, poder decidir qué es bueno y qué no para ellos.

Si se pretende que la ética personal sea un calco exacto de la ética política, significa en la práctica que el Estado deberá imponer el respeto de todas las normas que considere importantes dentro del ambiente familiar, exigiendo que sean obligatorias y prohibiendo bajo sanción penal todo lo que constituye su incumplimiento.

No es difícil advertir que una concepción de este tipo no solo lesionaría la libertad de los ciudadanos (y con ella la adecuada constitución de la conciencia moral personal), sino que daría lugar a situaciones de vigilancia y de injerencia estatales intolerables e injustas. Además de atribuir al Estado una función de fuente y de juez de la moralidad personal que no le corresponde. No es de extrañar que se originarían grandes males, tanto desde el punto de vista personal como desde el punto de vista político. Peor el remedio que la enfermedad.

Parece que el fin principal que se propone la ministra es vencer la resistencia de los padres de familia; es decir, eliminar radical y definitivamente el “peligro” de las reacciones adversas de los padres sobre las enseñanzas y los postulados de la ideología de género.  Así, sin valoraciones éticas personales, los padres de familia se ocuparían únicamente de enviar a sus hijos al colegio ya que el Estado se encargaría de garantizar su desarrollo moral y social.

Mientras que la democracia aspira al pleno desarrollo de la persona humana, los regímenes totalitarios quieren imponer a sus miembros un modo uniforme de pensar, de sentir y de obrar, o de un tipo de moral (recuérdese la Rusia de Stalin o la Alemania de Hitler). Currículo educativo, métodos de estudio, programas, guías y objetivos de enseñanza son establecidos por la autoridad estatal, y están impregnados de la ideología propia del régimen (ideología de género en este caso) utilizados para adoctrinar las mentes infantiles y juveniles. La educación ha sido el instrumento ideal de que se han valido todas las dictaduras para avasallar las mentes, pisotear la libertad y negar los derechos de los padres de familia.

En cada familia, clan o comunidad existen fines y costumbres compartidas, leyes, tradiciones o fiestas significativas para la identidad del grupo, a las que se tiene consideración y respeto. La moral del niño se va construyendo en un marco social determinado, como punto de referencia, aunque cuando crezca se distancie de ella. Por esta razón, la familia constituye el primer lugar de sociabilización del individuo y la primera escuela de valores morales.

El fondo de la cuestión estaría en reconocer cuál es el bien verdadero y cuál el bien aparente. Ya los filósofos clásicos reflexionaron sobre estas experiencias y concluyeron que el bien verdadero es el que nos conduce hasta el Bien Supremo, nos perfecciona porque busca la mejora de la persona en cuanto persona, no en cuanto lo conveniente, útil o beneficioso. ¿Y quién más que los propios padres pueden saber o reconocer qué es lo que hace bien al niño o lo ayuda a ser mejor persona?

Únicamente una educación humanista elegida por los padres de familia asegura una formación moral que cultiva el espíritu, que modela el carácter e inculca los valores morales y creencias religiosas. Frente a una carrera desenfrenada por la adquisición de conocimientos y tecnologías de punta, la respuesta sensata de los padres de familia es asegurar y defender el desarrollo moral de sus niños.

¿Acaso con el enfoque de género se garantiza el cultivo del espíritu inculcando valores trascendentales en el alma del alumno? Señora ministra dedíquese a su gestionar mejor su cartera que a mis hijos los educo yo.

 

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