
Por: Manuel Castañeda Jiménez
El rayo que cayó sobre la cúpula de la Basílica de San Pedro el día de la renuncia de Benedicto XVI, marcó simbólicamente un hito en la historia de la Iglesia. El pontificado del Santo Padre Francisco fue, sin ninguna duda, un tiempo de desconcierto y confusión para muchos, que se acostumbraron a objetar lo que proviniese de Roma, ya cuestionado ello desde tiempo antes, en especial por muchos obispos alemanes, que pusieron en jaque al Papa, amenazando con un cisma de magnitudes, y contagiando a obispos de otros países. A ello se sumaron los documentos Fiducia supplicans y Traditiones custodes que, por su carácter esencialmente litúrgico, y por haber tenido que ver en ellos el cuestionable cardenal Fernández, merecieron de parte de muchos tradicionalistas -entre los que me incluyo- razonables objeciones, expresadas también, a su vez, por diversos cardenales de la Santa Iglesia.
Con tales antecedentes que enrarecieron el ambiente, y algunas imprecisiones del Papa Francisco, acostumbrado a ser espontáneo y a colocarse peligrosamente en “las fronteras doctrinales”, llegamos al pontificado de S.S. León XIV con una Iglesia en que la fidelidad y el amor por el papado penden de un hilo, tanto del lado liberal y progresista, como del lado conservador y tradicionalista.
El reciente documento Mater populis fideles (Madre del pueblo fiel) -en adelante “el documento”-, presentado al Papa por el cardenal Fernández, ha desatado en las filas tradicionalistas una andanada de críticas, algunas tan destempladas que han llegado a calificar el documento como venenoso e infame y, cuando menos, contrario a la Tradición de la Iglesia; y, como si se tratara de un texto litúrgico o meramente pastoral, exigir insolentemente su modificación. Tantas críticas ha recibido de parte de grupos y personas que se autocalifican de tradicionalistas que han acabado estos, adoptando exactamente la misma actitud levantisca de los progresistas que se autoproclaman como los verdaderos intérpretes de la Tradición y de la doctrina de la Iglesia, y con derecho a impugnar lo que venga de Roma. Hay “tradicionalistas” que, inclusive, han osado decir que el Papa debió consultar a los obispos, a pesar de que, desde sus posiciones, uno de los principios más importantes es cuestionar una colegialidad en la Iglesia que ataría al Papa al parecer de los obispos. Los mismos grupos y personas que objetan la sinodalidad planteada por Francisco, ahora exigen participación y que se escuche “al pueblo de Dios”, en una flagrante contradicción en sus principios rectores.
La actitud de tales tradicionalistas constituye una rebeldía, cuando no de obstinación; y los coloca al borde del cisma tanto como los obispos progresistas.
El documento en cuestión no contiene nada nuevo en materia teológica. Simplemente recomienda una actitud prudente y procura hilar fino para vitar confusiones. Veamos rápidamente por qué, sin explayarnos demasiado -que haría, tal vez, insufrible su lectura en un espacio de por sí reducido como es un artículo, muy diferente al de un ensayo o tratado-:
1) SOBRE LA CORREDENCIÓN MARIANA
En primer lugar, abordemos el título de “corredentora” que muchas veces se ha atribuido a la Virgen, inclusive por santos y alusiones de San Juan Pablo II y alguna de Pío XII (muchas citas contenidas en artículos que buscan rebatir el documento, no emplean dicho término, sino el papel colaborativo de María en la Redención; y, por tanto, no pueden ser tenidos en cuenta como contra argumento, a pesar de las largas citas que los textos de algunos tradicionalistas contienen).
El documento hace un recuento sucinto del papel de la Santísima Virgen en la Redención producida por Jesucristo; y no desconoce, para nada, la importancia del “fiat” de la Virgen, al aceptar ser la Madre del Mesías, sin cuya voluntaria decisión, Jesús no la hubiera tenido como Madre. El rol de María fue, pues, fundamental. El documento no lo niega. Pero un hecho es indiscutible: también hubo otros roles, importantes, como el de San José y el de San Juan Bautista, que protegieron y prepararon el camino del Mesías, respectivamente. No fue tan fundamental como el rol más directo de María, pero también fueron importantes. ¿Son entonces ellos corredentores también? La respuesta, con seguridad es negativa. Y ningún católico pretende decir que ellos o la Virgen es Redentora. Pero, entonces, si la Virgen no es tampoco Redentora, ¿por qué insistir en conservar un término que, como bien dice el documento, puede ocasionar confusión? Los impugnadores del documento argumentan que no hay ninguna confusión, pero no toman en cuenta que el documento solamente califica el término como “inconveniente”, la cual es una calificación de tiempo presente. En otras palabras, el Papa ha considerado que, por prudencia, no resulta conveniente el empleo del término, y ello, además de las razones teológicas que se esgrimen en el documento, es evidente que hoy en día hay una pasmosa falta de cultura católica. No estamos en el siglo XV ni en el siglo XII. La confusión y los ánimos de rebeldía de hoy en día son inmensamente mayores que antes. Y, corresponde al Papa, en uso de su autoridad, determinar lo que es prudente o no. Porque se olvidan los impugnadores del documento que éste ha sido aprobado por S.S. León XIV. Cuestionan el documento porque fue presentado por el cardenal Fernández, pero eso no tiene validez: se trata de un argumento “ad hóminem”, cuestionando el contenido porque el autor es cuestionable. Ello escapa a toda argumentación sana, y solo es resultado de una actitud emotiva pero no analítica.
Al cuestionar el documento, no reparan los tradicionalistas que así obran, en que lo que hacen es colocarse en una posición doctrinal y pastoral de oposición al Papa, es decir, en una posición que raya en el cisma; lo cual es inaceptable. Repiten la actitud de Lutero que, dado que Roma estaba llena de gente corrupta en su tiempo, entonces procedió a desconocer la palabra del Papa; y le oponen al documento una buena cantidad de citas, la mayor parte de las cuales ni siquiera emplean el término “corredentora” sino que hablan de la participación de María en la Redención. Se aferran, entonces al término, como si de una verdad absoluta y dogmática se tratase, sin darse cuenta de que la Iglesia tardó mil ochocientos años en proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, a pesar de que muchísimos santos la promovían, y la Iglesia no lo admitía oficialmente. Inclusive, cuando S.S. el Beato Pío IX decidió proceder con el tema, consultó primero a todos los obispos del mundo, y sobre esa base proclamó el dogma. No se trató, pues, de una decisión tomada porque a grupos de personas, por santas, buenas e inteligentes que fueren, les agradaba el término y entendían sus límites; sino de una cuestión largamente meditada y asentada en la cultura católica.
Por lo demás, las pocas citas que emplean el término corredentora y que los grupos tradicionalistas opositores al documento, argumentan, son textos traducidos, y no necesariamente bien traducidos, o sujetos a las limitaciones del idioma de traducción. Se puede presumir, razonablemente que, generalmente las citas de los santos padres y doctores de la Iglesia que emplean el término Corredentora, deben haber empleado el latín en el original. Y, como bien explica un sacerdote que aparece a veces en redes sociales, el título de “corredentora” proviene del latín, en el cual, la expresión “Cum redemptrix” tiene una connotación de acompañamiento, que en castellano traduciríamos como: “que está (femenino) con el Redentor”. Al pasar al lenguaje romance castellano, derivó en “co-redentora”. Pero en general, en castellano, el prefijo “co”, supone una similitud, una equivalencia, como cuando decimos co-piloto, co-lega, co-partícipe, co-etáneo, co-existir, co-ncuñado, co-nsanguíneo, co-nsuegro, co-terráneo, co-nviviente, etc.
Así que, mal hacen en hacer listados de citas, muchas que, como decimos ni siquiera emplean el término, sino que, las que lo emplean provienen de traducciones que, tranquilamente pueden tener, en su original, una connotación diferente. Esa es una falta de rigor académico inaceptable y que abunda en la emotividad que notamos en las oposiciones al documento.
2) SOBRE LA MEDIACIÓN DE MARÍA
Tampoco en esto hay nada contrario a la tradición en el documento. Todo católico medianamente enterado de la doctrina sabe que el único MEDIADOR es Jesucristo, por boca de Él mismo. Pretender atribuir el mismo título a la Santísima Virgen, es desconocer la palabra del propio Jesús y, por tanto, aunque duela decirlo, caer en herejía. “Nadie va al Padre sino por mí” dijo Jesús, y eso incluye a la Virgen María. Ella tampoco va al Padre sino a través de Jesucristo.
Ahora bien, el documento cuestiona el título de MEDIADORA, recomendando su empleo prudente, porque al señalar, además esa mediación como “de todas las gracias”, expresa que no pueden ser todas porque Ella no podría haber mediado en las gracias respecto de Ella misma y, nos enseña la doctrina de los santos doctores de la Iglesia, que María continúa creciendo en gracia de Dios hasta la Eternidad, entonces no podría ser objeto ni interceder por esas gracias que Dios sigue dándole. Bien entendido, la permanencia de un instante en el Cielo, es una gracia (todo es gracia, dice San Pablo): ¿Podría María ser Mediadora de las gracias que Dios le dispensa? Ciertamente no. Y en eso entra el documento.
Por supuesto que, también es doctrina de los santos doctores, y así se entiende por aquellos que algo gustamos en bucear un poco en sus escritos, que María media solamente entre Jesús y los hombres y, a partir de su asunción gloriosa, que esa sí es dogma de fe. La mediación de la Virgen NO ES DOGMA DE FE, sino una visión piadosa; muy hermosa, por cierto, pero no dogmática.
Por ello el documento recomienda prudencia en el uso del término, no contradiciendo por tanto, para nada, ese reconocimiento de piedad mariana, a semejanza de la no contradicción que hubo, durante 1,800 años, a la consideración de la Inmaculada Concepción. Puede que, algún día, esa mediación sea, de alguna manera contenida en un dogma. Sería hermosísimo, pero no con el término MEDIADORA a la que los tradicionalistas objetantes se están aferrando, sino en cuanto al concepto mismo de la mediación de la Virgen; lo que es, y seguirá siendo, todavía, y quizás por muchos siglos, objeto de análisis teológico de los entendidos. El caso es que, hoy, el Papa recomienda prudencia en el empleo del término, dando, por tanto, un alcance doctrinal relativo a su uso; y ello, no tiene absolutamente nada de objetable.
Un detalle más: en castellano, al menos, el uso del término MEDIADORA es siempre desaconsejable y peligroso. Es por ello que se acuñó un término que define en nuestro idioma, bastante mejor el carácter de mediación de la Virgen; y ese término es MEDIANERA, para evitar, así la confusión con el carácter único de MEDIADOR de Jesucristo. María es, pues, en idioma castellano, sin ningún problema, capaz de ser llamada MEDIANERA DE LAS GRACIAS, entendiendo que se refiere a las gracias que el Señor dispensa a los hijos de la Virgen Santa. Tal concepto no contradice un ápice ni la tradición del pueblo fiel, ni el documento. Y es MEDIANERA porque ella está en el medio entre Jesús y los cristianos, dispensando las gracias que obtiene su Hijo de parte del Padre Eterno, pues, como bien señala San Luis Grignion de Montfort, nada podría haber que quiera el Hijo, que no fuera a querer la Madre, ni nada hay en lo quisiera la Madre que no fuera a querer el Hijo.
¿TRADICIONALISTAS CON LA MISMA ACTITUD QUE LOS PROGRESISTAS?
La Iglesia, en su aspecto de sociedad humana, no es ajena a pugnas internas y a corrientes de opinión. Desde la aparición del modernismo y la condena de sus errores efectuada por San Pío X hace más de un siglo, esa corriente fue metamorfoseándose en lo que hoy se denomina corriente “progresista” que, con su propia interpretación de los documentos del Concilio Vaticano II, ha propiciado la mayor crisis interna de la Iglesia desvirtuando la doctrina mediante afirmaciones y actitudes de conflicto con la Tradición milenaria de la Esposa de Cristo.
Bien entendido, nada impide que en la Iglesia surjan nuevas formas de explicación de la doctrina eterna, que se atienda a los retos que el desenvolvimiento de las naciones plantea, o hasta que surjan nuevos ritos y adecuaciones litúrgicas o idiomáticas. Pero muy distinto es que, con ese pretexto, se acabe desvirtuando el depósito de la fe o arriesgando a que los fieles malinterpreten la doctrina. De ahí que la preservación de la Tradición es una exigencia para todo católico.
Muchos grupos se han especializado, por ello, en procurar la preservación de la Tradición, la cual, conforme lo declaró el Concilio Vaticano II, es constitutiva de la Iglesia, la que tiene en ella uno de sus fundamentos.
Por eso, llama la atención que hayan surgido entre connotadas voces tradicionalistas, oposiciones -bastante destempladas algunas- al documento en cuestión. No podemos descartar la buena intención de aquellos tradicionalistas que lo han contradicho con una serie de argumentaciones que, como ya explicamos, están fuera de lugar, son incompletas, se basan en traducciones que no reflejan la intención del texto original, o emplean citas -la mayoría- que no vienen al caso por no emplear los términos precisados en el documento. Casi podría decirse que no han meditado el documento, sino que se han apresurado a impugnarlo por la desconfianza que ha generado el Dicasterio regido por el cardenal Fernández debido a la clara manipulación que este hizo en los casos de Traditiones custodes y Fiducia supplicans (en el primer caso, tergiversó ante el Papa Francisco la opinión de los obispos del mundo, y en el segundo caso no tenía el documento la debida aprobación de las instancias internas del Dicasterio).
Sin embargo, fuera de las rectas intenciones y manifestaciones de amor mariano que los grupos tradicionalista impugnantes dejan entrever en sus manifestaciones, tales grupos deben tener presente que al adoptar tal actitud se están colocando a la par de los grupos y personajes progresistas que desde tiempo atrás vienen jaqueando al Papa para que se acepten sus posiciones liberales, como es el caso de los obispos alemanes que se encuentran al borde del cisma al desconocer, en la práctica, la autoridad del Papa y del sagrado magisterio.
Cabe recordar a los grupos y personajes tradicionalistas, que mantenerse en oposición a un documento pontificio que tiene un innegable contenido doctrinal, como es el caso de Mater populi fideles, sería desconocer la autoridad doctrinal y pastoral del Papa; y, por tanto, colocarse también al borde del cisma. No tememos en afirmar que el infierno mira con ansia devoradora la actitud de tales grupos y personajes tradicionalistas, pues siempre se pensó que, si se produjese un cisma dentro de la Iglesia, este provendría del lado de los progresistas, pero ahora resulta que parece que tranquilamente podría provenir del lado tradicionalista. Quizás, a causa de ello, en este momento el infierno ya se encuentre preparando una fiesta.
Es necesario también recordar que el tradicionalista por antonomasia de nuestros días, el profesor Plinio Correa de Oliveira (que con su libro Revolución y Contrarrevolución, describió con extraordinaria precisión el proceso de destrucción de la Civilización Cristiana que había esbozado S.S. Pío XII), señaló con meridiana claridad -al explicitar cómo habría de combatirse a la Revolución anticristiana y cómo habría de ser una verdadera civilización cristiana- que el Orden nacido de la Contrarrevolución tendría que constituirse con énfasis en aquello que la Revolución más trató de vulnerar, siendo el primer aspecto de ese Orden “un profundo respeto a los derechos de la Iglesia y del Papado (…).” Mal hacen, pues, los tradicionalistas impugnadores, en haber cuestionado la autoridad pontificia en abierta contradicción al principio antes señalado, pues con ello alientan, más bien, la desconfianza y el cuestionamiento de aquello que es la piedra fundamental sobre la cual se edifica la Iglesia y se propugna la unidad de los cristianos: el Papa, sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo. Prefiero, pues, la palabra del Papa.
Al cerrar estas líneas, no puedo dejar de tributar homenaje a Su Santidad León XIV, el “Dulce Cristo en la Tierra”, pidiendo a al Santísima Virgen, MEDIANERA de las gracias, le obtenga del Señor, cabeza de la Iglesia y único MEDIADOR ante el Padre Eterno, las luces, la fortaleza, la fe y la caridad necesarias para guiar la “Barca de Pedro” en los tiempos borrascosos en que vivimos, para que todas estas confusiones deriven, más bien, en la exaltación del nombre de María para que Ella, y por Ella, Nuestro Señor Jesucristo, reine en los corazones de todas las personas y ello se traduzca en un renacer -como diría el citado profesor Correa de Oliveira- de “la paz de Cristo, en el Reino de Cristo”; es decir, en una verdadera y universal Civilización cristiana.






Excelente artìculo de nuestro buen hermano Manuel Castañeda Jiménez. Manolete que Dios te colme de bendiciones y nuestra Santísima Madre la Virgen María te siga guiando e iluminando el camino hacia su Hijo. Nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero y único Redentor de la humanidad.