Iglesia y sociedad

ORDENAR HOMBRES CASADOS EN LA AMAZONÍA

Por: Juan Mazur

Más allá de las buenas intenciones que el Instrumentum laboris de la Asamblea Especial para la Región Panamazónica del Sínodo de los Obispos tiene sobre muchos temas, que pareciera le tocan más bien a los estados civiles (por ser bien horizontales), llama la atención, sobre todo para la prensa más sensacionalista, un tema en particular: la posibilidad que hayan sacerdotes casados. No sé si porque estén interesados en el tema de fondo, o por novedad. Pero la propaganda más o menos dice así: «Ahora la Iglesia se modernizará y dejará que los sacerdotes se casen».

Esto ¿Es verdad? En el tercer rubro que presenta el documento de preparación para el sínodo, en su capítulo IV, dice: «Afirmando que el celibato es un don para la Iglesia, se pide que, para las zonas más remotas de la región, se estudie la posibilidad de la ordenación sacerdotal para personas ancianas, preferentemente indígenas, respetadas y aceptadas por su comunidad, aunque tengan ya una familia constituida y estable, con la finalidad de asegurar los Sacramentos que acompañen y sostengan la vida cristiana». Por más que se haga una primera afirmación positiva sobre el celibato, que sabemos no es una mandato sino una recomendación del Señor que la iglesia acogió como suya para el sacerdocio desde el inicio, y que no es constitutivo del presbiterado, sabemos bien que la excepción abre la puerta al todo, pues si se ordena a un casado en la Amazonía o en Siberia, sea por la razón que sea, en Francia o en Ciudad de México, otros podrán dar otras razones, seguramente entendibles, para que también se les exonere. Por lo que el cuestionamiento con supuestos visos pastorales es en el fondo un cuestionamiento general sobre el celibato sacerdotal. Es por ello importante que los que promueven este documento sinodal lo digan con todas sus letras: «Queremos abolir o dejar a la libertad de cada uno, el celibato sacerdotal». Están en todo su derecho de expresar su opinión (ciertamente en contra de la opinión de 2000 años de historia eclesial), pero deben hacerlo abiertamente y no solapadamente y con excusas. Y es que las excusas, siempre son frágiles: si se les responde, uno se queda sin argumento. Quiero para esto dar unas cifras sueltas que al unirlas nos conducirán a una conclusión.

Primero, ver la real necesidad. Se ha dicho que la Amazonía es una zona vasta y que está despoblada de presbíteros. Esta «despoblación» la vemos también en otras diócesis con escaso clero por una mala pastoral de los obispos y la crisis religiosa que se vive. No hay que ir lejos: países bajos en Europa, zonas de Alemania, y otras parroquias de Europa que se quedan sin atención por falta de pastores. Pero abordemos la Amazonía. La extensión de territorio del que se habla pareciera ser enorme, al punto de una preocupación eclesial grande. Estamos hablando de una gran extensión de terreno: 7,8 millones de km2, de los cuales 5,3 millones de km2 son bosques (40% de los bosques tropicales en el mundo). Es decir, el «objeto» físico de este sínodo es en un 80%, creación vegetal y animal. Un rubro ecológico y no habitado. Y uno de los mayores problemas allí es la deforestación y minería ilegal, que es un asunto propio de las políticas de los países, no de la Iglesia (por lo menos directamente). En el casi 20% restante de territorio encontramos, según estudios, 34 millones de habitantes, de los cuales más de tres millones son indígenas, pertenecientes a más de 390 grupos étnicos. Hay más o menos 420 lenguas. Brasil es el país donde viven más pueblos originarios, 241. En Colombia, 83 y Perú, 43. Juntos hacen una población total superior a los 16 millones de personas. El resto son llamados «pueblos libres» que son como 120, y no están en contacto con la urbe.

Para una cantidad de 34 millones de personas, aproximadamente, se requiere ciertamente de un número elevado de sacerdotes y obispos. Pero para no hablar en el aire, hagamos un ejercicio imaginario, partiendo del supuesto que no existiera ninguna presencia física o sacerdotal en toda la Amazonía. Usemos como base la Arquidiócesis de México; de los 9 millones de personas que tiene más o menos, el 90% es católica. Tiene más o menos (datos del 2018) 467 parroquias, 2067 sacerdotes y 190 diáconos permanentes. Entonces, si para cerca de 8 millones de fieles hay más o menos 2,000 sacerdotes, eso significa un promedio de un sacerdote por cada 4,000 personas. Si bien siempre podemos decir que son pocos sacerdotes para tantos fieles, hay diócesis en América que tienen como promedio hasta un sacerdote por 30,000 personas.

La Arquidiócesis de México es una de las más grandes del mundo y por el talante religioso de su pueblo, probablemente una de las que tiene mejor cantidad promedio de sacerdotes respecto a feligreses. Nunca existirá el ideal de sacerdotes para atender bien a todos, pero tomando como promedio los datos de Ciudad de México y la realidad de muchas diócesis en América, coloquemos como promedio un sacerdote para 10,000 personas (sería una parroquia pequeña en una capital americana). Ello da 3,400 sacerdotes para la Amazonía. Una Diócesis grande tiene como promedio más de mil sacerdotes, por lo que a estos 3,400 sacerdotes se les pondría unos 34 obispos. En resumen, necesitamos para una atención buena de la Amazonía 3,400 sacerdotes y 34 obispos. Una atención, diría, muy buena.

A esto hay que sumarle que se trata de poblaciones que están a distancia unas de otras y que si bien no toda la geografía es fácil, tampoco hablamos de lugares de alturas pronunciadas que inhabiliten vivir allí a alguien. Finalmente, tenemos un desafío: el económico.

Si hacemos un plan pastoral (porque no  se trata de querer cambiar todo en un mes), que se ponga como meta, por ejemplo 5 años, requerimos para, literalmente EVANGELIZAR la Amazonía, lo siguiente: 3,400 sacerdotes y 34 obispos; subsidios económicos para armar lugares de evangelización, escuelas, Iglesias, seminarios y servicios sociales. Y una buena distribución geográfica para diseñar las mejores estrategias. Ello ¿Es viable? Creo que sí.

Dos respuestas son más fáciles: los estados y la tecnología pueden ayudar a la Iglesia para mapear las zonas y saber dónde se debe atender y centrar la ayuda espiritual (sabiendo que el 80% del territorio no es habitado). El tema económico no creo que sea un problema; hay muchas empresas que pueden invertir privadamente con subsidios (por ejemplo la minería con el canon), estados que pueden canalizar ayudas mediante la iglesia, o instituciones que dan dinero a lugares católicos en América para cosas intrascendentes como congresos, simposios, mesas de dialogo, etc., cambiado así el sentido de la donación para algo que de verdad se necesite. Incluso diría que se ahorre en los innumerables viajes que agentes pastorales y obispos hacen para encontrarse en estos simposios. Si quieren hablar, pues para eso está la tecnología, ya que pueden conectarlos para conversar lo que requieran sin viajar. Por ejemplo, me pregunto ¿Cuánto se habría ahorrado de modo eclesial y personal si no se hubiera hecho el Simposio para estudio del Instrumentum laboris en Roma hace unos meses? De hecho, estoy seguro que hubiera servido para iniciar los trabajos de la primera Iglesia Catedral de una de las 34 posibles diócesis que se podrían hacer allí.

Vayamos al punto nuclear: como no hay sacerdotes, dicen que hay que ordenar hombres casados de las zonas. La respuesta que daría es que no se necesita. Pero dirán ¿Cómo que no, si allí no hay clero? Cierto, allí no hay clero, pero no quiere decir que «no haya clero». Y mi propuesta es bastante sencilla: llevemos los 3,400 sacerdotes y los 34 obispos de otros lados. Pero ¿De dónde? Para responder a ello quisiera hacer un pequeño paréntesis.

Según los últimos anuarios pontificios (del 2017 hasta hoy), en el mundo hay más o menos 1300 millones de católicos (el 18% de la población mundial, de la cual casi la mitad está en América); hay cerca de 415,000 sacerdotes (70% diocesanos y 30% religiosos) y 5,000 obispos. También hay cerca de 116,000 seminaristas en el mundo y 670,000 religiosas. De estos sacerdotes, el 43% está en Europa (siendo que Europa representa solo el 22% de los católicos en el mundo) y 26% en América. En el estado Vaticano, trabajando para la Curia (habitando tanto en el mismo estado como en Roma), cerca de 50 obispos. Tenemos allí varios cardenales eméritos (jubilados) y al año por lo menos 10 cardenales retirados (con 75 años). En la Ciudad del Vaticano viven mil personas, la mayoría sacerdotes, religiosos, y obispos. Así, trabajando para diversos departamentos y servicios del Vaticano, tenemos un promedio cerca a los 1,000 sacerdotes. Sin contar religiosos y religiosas.

Muy bien, ahora volvamos a la pregunta ¿De qué nos sirve esto con respecto al sínodo de la Amazonía y su propuesta de ordenar hombres casados como sacerdotes? De mucho, pues promueve un cuestionamiento ¿Debería haber esta cantidad de sacerdotes en el Vaticano? ¿Obispos y religiosos o religiosas? Hagamos algunas preguntas concretas ¿El prefecto de la casa Pontificia tiene que ser un obispo? El encargado de una congregación y sus asistentes ¿Tienen que ser clérigos? ¿El encargado de las noticias, tiene que ser un sacerdote u obispo? Un día estuve en una audiencia del Papa en Roma y me sorprendió esto: lo que decía lo traducían 6 sacerdotes en 6 lenguas; además había sacerdotes para la recepción de múltiples invitados en las partes principales.

Me pregunto ¿Los que traducen los textos de las audiencias tienen que ser sacerdotes? ¿No podríamos tener allí 6 sacerdotes en la Amazonía sirviendo para lo que se ordenaron? Me dirán seguro que en Roma hacen otras cosas; pero ¿Son indispensables? Por ejemplo, un cardenal u obispo de la Curia que tiene un secretario ¿Por qué éste tiene que ser sacerdote? Si el presbítero se ordenó fundamentalmente para la cura de almas ¿Ésta es su labor principal en el Vaticano? ¿Cuántos de estos viajan a congresos internacionales que sirven poco o nada? Imaginemos entonces que de esta cantidad el Vaticano prescinde de un porcentaje, el 50% (dejando en manos de laicos lo que sí pueden hacer). Allí tenemos entonces: los 34 obispos (y varios auxiliares), y entre obispos (que puedan aún por la edad) y sacerdotes, tenemos ya, de los 3,400 necesarios (para una situación casi ideal para la Amazonía), cerca de 600 clérigos. Si a ello le sumamos peticiones a congregaciones religiosas para que asuman diversos lugares, podríamos llegar a un número mayor, y con la ayuda de religiosas y religiosos, atender muchas zonas descuidadas. Y poner en marcha allí sí, ordenación de diáconos permanentes de la zona, luego de una buena formación. Estamos hablando de que en menos de dos años, podríamos haber cubierto, en sacerdotes, el 30% de la necesidad para llegar a una situación ideal, y en ese mismo tiempo, el 100% de los obispos que se requieren para llegar a una situación ideal. Lo que tenemos que hacer es trasladar a todos los sacerdotes y obispos «misioneros» que con sacrificio viven trabajando en cosas de oficina en el Vaticano y en Roma, para que durante unos años ahora ejerzan esa misión, más acorde a su ministerio, en la Amazonía. Y así ayuden muchísimo a la Iglesia universal y local. De allí el resto es pastoral, oración y tiempo: crear seminarios, invitar otras misiones (como por ejemplo sacerdotes de Europa que son mayoría frente a un universo de católico que son minorías, entre otras iniciativas que hagan en unos 30 años, de la Amazonía un floreciente espacio donde reine Cristo.

Miremos sino el aumento significativo de católicos los últimos años se ha dado en África. Y sin ordenar hombres casados.

Este ejercicio de cifras evidentemente debe tener muchos «peros», inexactitudes o razones para dialogar, pero muestra, a grandes rasgos, que sí se puede solucionar el problema de la escasez de clero para una zona apostólica que no representa una gran parte de la Iglesia universal.

Es verdad que basta una sola oveja para que nos preocupemos por ella como Iglesia, pero al hablar de la Amazonía no hablamos tampoco de la mayoría de ovejas. Hay que hacer cosas, pero sin que ello implique centrar la vida de toda la Iglesia a una coyuntura pastoral especifica. Con esta propuesta sencilla entonces, podríamos empezar a dar solución rápida al desafío de la escasez de sacerdotes. Y uno de los puntos de dialogo del próximo sínodo estaría ya resuelto. Ya no se necesitaría hablar del ordenar hombres casados como sacerdotes y se quitaría ese capítulo del documento y discusiones. Asunto resuelto. Salvo que…. la intención sea otra. Si entones siguen los promotores de este documento con la idea de esta discusión, sabremos que la intención no es buscar clero para la Amazonía, sino otra: cuestionar el celibato. Sería bueno entonces que tuvieran la valentía de no usar las necesidades de la Amazonía para sus fines y deseos de cambios doctrinales. Por eso preguntémonos ¿Qué es lo que quieren de verdad los promotores de estas ideas en el futuro sínodo? Sería bueno que las digan abiertamente.

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