Internacional

NO ES CONTRA COLÓN, ES CONTRA OCCIDENTE

Ceder a los bárbaros solo acelerará el colapso de la civilización, y esta vez no habrá una Constantinopla que la preserve, ¿o sí?

Por: Rodrigo Saldarriaga

La violenta muerte de George Floyd a mano de la siempre controversial policía en Estados Unidos ha sido el disparador de una ola de protestas, saqueos y amenazas contra el orden social en muchas partes del mundo. Y esto en medio de la pandemia del nuevo coronavirus, para variar.

Uno de los grandes beneficiados del caos surgido ha sido el progresismo globalista y subversivo, que, en búsqueda de una nueva gran revolución, ha capitalizado la indignación de millones de personas, muchas de ellas marginales, pero también a jóvenes universitarios, seguidores de las causas “lindas” y bobas, quienes, contagiados por el frenesí de las marchas y eslóganes, actúan como autómatas de esta novedosa reingeniería social.

Almacenes, edificios públicos, pequeños negocios y monumentos han sido blanco de las protestas, y así como sucedió en Quito y Santiago de Chile en 2019, las estatuas de relevantes figuras del legado español en América como la reina Isabel I de Castilla o Cristóbal Colón, se convirtieron en objetos a derribar. Los acusan de genocidas, y aseguran los vándalos que estos “símbolos del racismo y colonialismo” deben ser retirados (destruidos) para no ofender a las minorías. Resulta bastante patético que los progres gringos responsabilicen al marino genovés de las purgas contra la población nativa del actual territorio estadounidense cuando este jamás piso ese país. Mejor que revisen la historia anglosajona y la “conquista del oeste”.

Los que estamos acostumbrados a los berrinches progresistas y hemos sido testigos de sus pintas, bombas incendiarias y panfletos, no nos queda sino ver más allá, plus ultra. Colón, como muchos otros, no fue un hombre perfecto, y hay docenas de fuentes históricas que nos revelan un personaje gris muy distante de las gestas heroicas. Fuera de ello, llamarle genocida es una descarada herramienta de propaganda para destruir de fondo la civilización occidental, la hispanidad y la cultura cristiana en América. Y no, no es una exageración.

El objetivo de los progres no es solo derribar a Colón, Isabel I de Castilla-en cuyo testamento demandó un trato justo a los indígenas americanos-, Pizarro o Cortés. Tampoco es denunciar el racismo o reivindicar a las minorías relegadas y oprimidas. A los progresistas no les importan las víctimas de la exclusión, la pobreza o la tiranía, si así fuera, denunciarían con la misma energía las dictaduras de Venezuela, Cuba o Nicaragua, exigirían que se derriben las estatuas de Lenin, Bolívar o Marx. Su guerra no es contra Colón, es contra occidente.

En su afán por reescribir la historia, los vándalos de la izquierda y sus cómplices de la derecha liberal harán lo posible por derribar cada uno de los monumentos que encarnen los valores tradicionales, la familia y el respeto a la propiedad privada. Los primeros lo harán por mero odio, los segundos para mimetizarse y ralentizar su inevitable caída. Son estos últimos los que tienen más que perder siguiéndole el juego a sus potenciales verdugos.

Hacen muy mal los gobiernos que se rinden ante el bochinche de los progresistas y les contentan con gestos “políticamente correctos”. O son muy incapaces o son sus cómplices. Ceder a los bárbaros solo acelerará el colapso de la civilización, y esta vez no habrá una Constantinopla que la preserve, ¿o sí?

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