
Por: Martha Meier M.Q.
Hace unos días, Aldo Mariátegui publicó una columna que debería ser de lectura obligatoria para quienes diseñan la política turística del Perú. Recordó un dato que resume nuestro fracaso: en 2025, el país recibió apenas 3 416 464 turistas internacionales reales, es decir, que pernoctaron al menos una noche en el país. Una cifra escandalosamente baja para un país que alberga Machu Picchu, Caral —la ciudad más antigua de América—, uno de los cañones más profundos del planeta, una Amazonía de biodiversidad excepcional y una gastronomía reconocida entre las mejores del mundo. Nos sobran atractivos; nos falta visión.
El turismo no puede seguir siendo una actividad complementaria; debe convertirse en una estrategia de Estado sostenida durante décadas. República Dominicana lo entendió hace mucho. En 2025 recibió 11,7 millones de visitantes y solo el Aeropuerto Internacional de Punta Cana movilizó a más de once millones de pasajeros. Ese éxito no es fruto del azar, sino de una decisión política sostenida en el tiempo.
Wally Olins, considerado el padre del branding moderno, sostenía que una marca país no es un logotipo ni un eslogan. Es una visión compartida que orienta las políticas públicas, las inversiones y la infraestructura durante generaciones. Eso es lo que aún no hemos construido.
El turismo comienza mucho antes de que un visitante aborde un avión. Empieza cuando una familia en Nueva York, Tokio o Berlín decide dónde pasará sus próximas vacaciones. Esa decisión depende de la seguridad, de carreteras modernas, aeropuertos eficientes, una red ferroviaria viable, servicios de salud confiables y una oferta turística integrada. Viajar por el Perú no puede seguir percibiéndose como una aventura llena de incertidumbres.
Las oportunidades perdidas abundan. Hollywood eligió Machu Picchu y el Cusco para filmar Transformers: Rise of the Beasts. Fue una campaña de promoción mundial que ningún presupuesto público habría podido comprar. Sin embargo, el Perú dejó pasar la ocasión. Nueva Zelanda convirtió El Señor de los Anillos en un activo turístico permanente; Escocia sigue capitalizando Harry Potter y Salzburgo continúa atrayendo a los fanáticos de La novicia rebelde, más de seis décadas después del estreno de la icónica película. Nosotros dejamos pasar el tren.
Otro ejemplo es el norte peruano. Máncora, Punta Sal, Los Órganos, Vichayito, Cabo Blanco y Zorritos poseen playas de clase mundial, avistamiento de ballenas, surf, pesca deportiva y un clima privilegiado durante todo el año. Pero crecieron sin planificación, sin infraestructura homogénea y, sobre todo, sin un gran aeropuerto internacional que los conecte directamente con Norteamérica, Europa y Asia.
El nuevo gobierno debería proponerse una meta ambiciosa y posible: alcanzar veinte millones de turistas internacionales hacia 2040. Para lograrlo, será indispensable movilizar al Estado, al sector privado y a las regiones, acelerar las inversiones en infraestructura y crear un marco tributario que incentive el desarrollo del sector.
Machu Picchu ya conquistó al mundo. Ahora le toca al Perú conquistar al mundo con todo lo demás.






El gran problema de la construcción de grandes obras de infraestructura es la corrupción, las adendas, los malos trazados que requieren grandes expropiaciones y la lentitud de las mismas, la interferencia de los supuestos “actores sociales”, muchas veces pagados por los que perdieron las licitaciones y un largo etcétera, se requiere mano dura, que nadie está dispuesto a ejercer, ni siquiera durante el fujimorato se tuvo la suficiente mano dura y seguimos con combis en las principales vías de la ciudad, sin que nadie pueda acabar con esa lacra.