La columna del Director

LA PLAZA DE ACHO Y LAS PRETENSIONES DEL CONCEJO MUNICIPAL

Por: Luciano Revoredo

La tradición de las corridas de toros llega muy tempranamente de España y es de inmediato asimilada por los peruanos. Se incorpora a las costumbres populares de estos reinos de modo indeleble. Se asimila a nuestra cultura.

Lo cierto es que durante el siglo XVII la mayor diversión que existía en Lima, era sin lugar dudas las muy concurridas y espectaculares corridas de toros.

Las corridas se realizaban casi en cualquier parte de la ciudad y de manera muy espontánea, pero las festividades más importantes siempre se realizaban en la Plaza Mayor con motivo de la llegada de un nuevo virrey o en honor a algún importante evento. Cuenta la tradición que el primer toro que se toreó en Lima fue alanceado por el propio Francisco Pizarro en la Plaza Mayor.

Uno de esos grandes festejos sucede en septiembre de 1659, según da cuenta en sus notas Mugaburu, la celebración fue en honor al nacimiento del hijo del Rey y nuevo Príncipe de España. Esta celebración duró todo un mes con corridas de toros todos los días. La usaremos de ejemplo para mostrar el profundo arraigo taurino de Lima.

Queda claro entonces que la principal diversión que existía en Lima eran las corridas de toros, las cuales se realizaban desde la época de los conquistadores y casi en cualquier lugar. Pero eso cambia en 1763 cuando el virrey Amat aprueba la construcción de un coliseo especial para realizar las faenas.

Cinco años después se termina de construir la parte principal en una zona llamada del Acho muy cercana a Lima. Durante los dos años siguientes se construye el lujoso palco del virrey y otras obras aledañas, llegándose a invertir un total de cien mil pesos, una considerable cantidad para la época.

El coliseo llamado Plaza o Coliseo de Acho, era el más grande, en términos de área, del mundo de ese tiempo y podía aceptar a nueve mil espectadores cómodamente sentados.

Las fiestas taurinas se llegan a realizar ya de una manera centralizada y con mucha más frecuencia pero sólo los domingos por la mañana y por la tarde, para poder darle tiempo a los fieles para que acudan a sus misas dominicales.

Sin embargo, la afición se vuelve tan grande que casi toda la población, de más de sesenta mil habitantes en esos días, se amontona para poder entrar y presenciar las faenas, quedando muchos fuera.

Debido a la gran afición es que la moderna plaza quedó chica desde el momento de su inauguración. Don Esteban de Terralla y Landa, gran aficionado a los toros y cultor de la poesía satírica describe en 1790 la ya complicada situación:

Finalizó el Recreo matutino

empezando de Gente el torbellino

a ponerse en continuo movimiento,

menos la que quedó en su propio asiento

para no llegar tímida y cobarde

a buscar nuevo asiento por la tarde.

Debido al problema de falta de asientos o mejor dicho  por la excesiva afición taurina, se empieza a generar una complicación en la gente para asistir a las misas dominicales teniendo que perderse los toros, ya que no podían estar todo el día pendientes de conseguir y conservar el asiento. Se genera entonces lo que es muy limeño una sucesión de negocios informales de reserva de asientos y cupos en las colas.

Esta situación alarma a la iglesia, se llega entonces a un acuerdo con el virrey que dicta una ordenanza el 6 de octubre de 1798 en la que prohíbe las corridas de toros los domingos pasándolas para el lunes. Vendrán entonces inconvenientes laborales. Cosa menor en la festiva Lima de entonces.

Acho en esos día ya era una fiesta.  Las galerías de la plaza tenían innumerables cantidades de estantes plagados de vendedores de viandas, dulces, refrescos con hielo y por supuesto pisco, chicha y guarapo, un aguardiente hecho de cañas de azúcar parecido al ron actual, y que se preparaba luego de extraído el azúcar.

El guarapo lo bebían inicialmente los esclavos que trabajaban en las plantaciones de la caña de azúcar. Posteriormente pasó a ser la bebida predilecta de la población afroperuana y gran acompañante de sus festejos y jaranas. Pero el aguardiente de Pisco seguía siendo el preferido por todos. Como lo era de esperarse, la muchedumbre de Acho bebía muchísimo y el entusiasmo muchas veces se transformaba en disturbios y peleas.

Por ese motivo, las siempre atentas autoridades limeñas decretaron la prohibición de venta de alcohol en todo el coliseo. Sin embargo, los muy imaginativos vendedores de Acho comenzaron a vender jugos y otros líquidos no alcohólicos disfrazados con los licores. Esas bebidas tenían nombres imaginativos como ‘Agua de Nieve’, ‘Cebada con Piña’, ‘Las Suertes’ , ‘Agua de Berros’ o “Don Panchito”.

De esta manera, la creatividad limeña, más que nada por necesidad que por algún otro motivo, inventó muchas maneras de mezclar el Pisco. El Mercurio Peruano da cuenta de esto, señalando que en los tendidos de Acho se venden preparados con tal cantidad de Pisco, “que serían fatales en pueblos más moderados que el nuestro”. Sin lugar a dudas, serían de los primeros cócteles preparados en el mundo y el de limón, un lejano antecedente del Pisco Sour.

Al respecto, Terralla escribe una satírica e ilustrativa décima donde describe los tendidos de Acho cuando, para evitar un desespero causado por la  inoportuna  tardanza en la salida del toro, las autoridades deciden repartir refrescos”:

Viendo los comisarios la tardanza,

y que ya de salir no hay esperanza,

repartir el refresco determinan,

y a executarlo varios se destinan;

teniendo la debida preferencia

el mérito especial de su Excelencia.

La distinguida fiel comisaría,

fue también regalada en ese día,

y otros varios sugetos singulares,

que en su mérito son particulares;

No hay quien el porte por vizarro ciña

en el dulce, el helado y garapiña;

siendo las abundancias tan parejas.

Que llovían de dulces las vandejas…

Es así que este lugar emblemático de Lima, entre historias, veleidades, tradiciones, fiestas y dramas, llega a nuestros tiempos. He querido hacer esta breve introducción histórica para centrarnos en la importancia de Acho, que llega a nuestros tiempos siendo parte de la fisonomía espiritual de la ciudad. Patrimonio cultural de la humanidad y escenario por su propia naturaleza de las corridas de toros.

No tiene otro sentido su conservación. Acho es taurino o no es. Y es parte de nuestra herencia cultural como lo son las corridas de toros. Al respecto conviene mencionar que desde el siglo XVI a la fecha la tauromaquia ha evolucionado y el toreo moderno se ha forjado en este permanente movimiento de ida y vuelta entre Hispanoamérica y España. Es decir, la moderna tauromaquia se ha creado sobre la arena de las plazas, entre los ensordecedores olés y aplausos, en Sevilla, Bogotá, México, Cutervo, Ronda, Madrid, Quito… y la entrañable plaza de Acho de Lima. El toreo no llegó de España y permaneció inmutable. También se ha forjado aquí. También es peruano. Es parte de nuestra cultura.Como lo es la Plaza y su feria del Señor de los Milagros a la que han venido los más grandes toreros del mundo desde que se inició en 1946 en la entonces remozada plaza.

Es por ese motivo que hay que preservar Acho y respetar a los millones de peruanos que amamos la tauromaquia, porque no hay otro espectáculo que sintetice de modo tan perfecto el sentido heroico y agónico de la vida.

La Municipalidad Metropolitana de Lima acaba de aprobar una disposición de tipo declarativo, que pretende impedir que Acho se use para corridas de toros, una disposición que no obliga a nadie, pero que se está inflando con sensacionalismo.

El Concejo Metropolitano no puede ponerse por encima de la constitución. Pero conformado en su gran mayoría por ignorantes en la materia se han dejado llevar de las narices por un regidor ideologizado, síntesis de los desvaríos progresistas, que pretende aprovechar políticamente la situación para probablemente llegar al congreso con el voto de animalistas y otros desubicados y el financiamiento de oenegés que desprecian nuestra cultura y tradición. Llama la atención, que el concejo  en lugar de tomar en serio sus obligaciones, pierda el tiempo en disquisiciones ridículas e ilegales como pretender impedir la realización de las corridas de toros en Acho.

Sería interesante que el regidor Carlo Ángeles lejos de hacer el ridículo ignorando que en el Perú hay millones de personas vinculadas a los toros, que Acho a pesar de su peso histórico y cultural es sólo una parte minúscula del mundo taurino. Sería interesante, digo, se ponga a trabajar, o que por ejemplo tenga el valor de ir con sus monsergas animalistas a Chota, Cutervo, Cora Cora o cualquiera de nuestras plazas de provincias para que sienta en carne propia y conozca la realidad del Perú. Tal vez no le guste.

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