Iglesia y sociedad

LA MISIÓN DE TODO SACERDOTE

Por: Alfredo Gildemeister

Aquella tarde en Jerusalén, en el pórtico de Salomón, la multitud que escuchaba a Pedro y a los demás apóstoles crecía a cada momento. La gente reunida lo escuchaba con atención. Los discípulos bautizaban y explicaban el mensaje de Jesús y el número de hombres y mujeres creyentes crecía como la espuma. Se llegó a un punto en que la gente empezó a sacar a sus enfermos de sus casas y poniéndoles en lechos y camillas en el suelo, cuando Pedro pasase a su lado, siquiera su sombra cayese sobre algunos de ellos. Los apóstoles se acercaban a los enfermos, se arrodillaban para poder escucharlos, bautizarles y explicarles el Evangelio.

Muchos enfermos se curaban y otros sentían una gran paz de solo poder oír las palabras de amor y misericordia que los apóstoles les decían. Inclusive muchas personas fueron y trajeron a sus enfermos de los pueblos vecinos, enfermos con horribles enfermedades, algunas contagiosas inclusive. Fue en esos momentos que el Sumo Sacerdote con el apoyo de los saduceos, llenos de envidia prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel. Aquella noche, un ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y saliendo fuera los discípulos les dijo: “Id, presentaos en el Templo y predicad al pueblo toda la doctrina concerniente a esta Vida”. Los discípulos salieron y aquella madrugada comenzaron a predicar nuevamente, a curar a los enfermos y a enseñar la buena nueva del Evangelio.

Cuando el Sumo Sacerdote aquella mañana envió a buscarlos a la cárcel y no los encontraron, uno les dijo: “Los hombres que metisteis en la cárcel están en el Templo y enseñan al pueblo”. Cuando les llamaron y fueron los discípulos ante el Sanedrín, el Sumo Sacerdote les pregunto: “¿No os habíamos ordenado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? Y a pesar de eso habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre”. Entonces poniéndose Pedro y los demás discípulos delante del Sumo Sacerdote, respondieron con total firmeza: “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres…” (Hechos 5,29). Esta era la segunda vez que eran encarcelados por predicar la Palabra de Dios. La primera vez fueron Juan y Pedro encarcelados y amenazados, ordenándoles que de ningún modo hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús. Pero, Pedro y Juan respondieron: “Juzgad vosotros si es justo delante de Dios obedecer a vosotros más que a Dios. Pues nosotros no podemos dejar de anunciar lo que hemos visto y oído” (Hechos 4,19).

Han pasado casi dos mil años. Aquel año de 1938, un joven sacerdote jesuita recorría el campo de batalla cerca del rio Ebro en España. Era nada menos que capellán de la legión y su misión consistía en atender a los moribundos y heridos caídos en el campo de batalla. El padre Cross lo llamaban. Su cabello pelirrojo destacaba entre los soldados. En medio de la batalla del Ebro contra las fuerzas republicanas, este valiente capellán se movía entre disparos, explosiones de bombas, granadas y obuses, arrodillándose al lado de los moribundos para administrarles los últimos sacramentos. Tal como me lo contara muchos años después este jesuita, la mayoría de los heridos y moribundos, llamaban a su madre en medio de la batalla. En una carga a la bayoneta, Cross acompañaba y atendía a los soldados que caían heridos. En un momento se encontró ante un soldado enemigo que le apuntó con su fusil y disparó. Cross sintió que la bala ingresó por el bolsillo izquierdo de su guerrera y cuando pensó que iba a morir, sintió una fuerte vibración en su pecho y hasta que la bala salió disparada de su bolsillo. Seguía con vida, ¿Qué había pasado? Que la bala ingresó al grueso misal que llevaba en su bolsillo izquierdo. La bala dio giros dentro de la cartuchera de cuero del misal y en lugar de herir el pecho del capellán, salió hacia afuera por donde vino.

Cuando el capellán sacó el misal, solo quedaban páginas destrozadas. El cartucho de cuero del Misal mostraba el orificio de entrada y el de salida de la bala. Un verdadero milagro. Muchos años más tarde, un padre Cross ya anciano, me mostró el cartucho de cuero del referido misal cuando lo fui a visitar a la Iglesia de Fátima en Miraflores. “Así vivíamos los capellanes durante las batallas en la guerra civil española” me contaba. “Codo a codo en medio de la muerte, enfermedades y el dolor. Pero esa es nuestra labor. Nuestra misión. Llevar a Cristo a los que sufren y acompañarlos en sus últimos momentos, olvidándonos de nosotros mismos”.

Hace unas semanas, la Oficina de Prensa del Arzobispado de Lima publicó un documento titulado: “Comunicado: Sobre la celebración de una Misa con feligreses en una parroquia de Lima”, indicando el Arzobispado que ha tomado conocimiento mediante un medio de comunicación local, sobre el comportamiento de un párroco y un grupo católico reunidos para celebrar la Misa en una parroquia de Lima. El comunicado en cuestión reitera el llamado a todos los sacerdotes a continuar atendiendo a los fieles a través de los medios de comunicación a distancia. Al parecer, el señor arzobispo de Lima ha olvidado las obligaciones de cualquier sacerdote la cual es predicar la palabra de Dios, brindar los sacramentos de la Iglesia y atender a los enfermos y más necesitados, especialmente si están próximos a la muerte. ¿Pretende que por vía telefónica o por WhatsApp se le otorgue consuelo y paz, así como los últimos sacramentos a un enfermo de coronavirus? ¿Ha olvidado el señor arzobispo de Lima como a lo largo de la historia de la Iglesia y de la humanidad, los sacerdotes -y agrego a las monjas y hermanas católicas- siempre han estado al lado de los enfermos graves, en medio de las guerras, plagas, pestes y mil batallas con los heridos y moribundos, ayudándoles en sus últimos instantes de vida, a afrontar con fe a la muerte, brindándoles consuelo y paz?

Así como Pedro, Juan y el resto de los apóstoles enfrentaron a las autoridades judías y romanas para llevar la palabra de Dios a los enfermos y necesitados de consuelo y paz; así como ese joven capellán español se jugaba la vida en medio de las batallas, enfrentando valientemente a la muerte para llevar el consuelo de los sacramentos a los heridos y moribundos, como siempre lo han hecho médicos y sacerdotes en las grandes guerras y plagas que afectaron a la humanidad, hoy en día, en medio de esta terrible pandemia, miles de sacerdotes en todo el mundo, quieren llevar y llevan los sacramentos y el consuelo a los enfermos y agonizantes, enfrentando a las autoridades civiles y eclesiásticas inclusive. Que no se les impida ello. Muchos han muerto o han quedado infectados, pero valientemente continúan adelante con su labor, pues constituye un deber sagrado de todo sacerdote, llevar la palabra de Dios y los sacramentos a los enfermos y moribundos, hoy afectados por el coronavirus. De allí que recordemos que no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No impidamos que, así como miles de médicos, enfermeras y paramédicos cumplen valientemente con su deber tratando de salvar vidas humanas, los sacerdotes también puedan atender a las almas de esas personas que tanto necesitan de la paz que solo Dios puede otorgar.

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