Vida y familia

LA FUERZA DEL SILENCIO

Por: Alfredo Gildemeister

Hace unos años, asesoraba a una importante empresa transnacional y una mañana me busca la secretaria del gerente general y me indica que éste quería reunirse conmigo urgentemente. Le pregunté si quería tratar de algún tema en especial, algo importante, etc. pero la secretaria se limitó a decirme que el gerente no le había dicho nada y que simplemente le pidió que me ubicara a la brevedad para reunirse cuanto antes conmigo y que luego se encerró en su oficina. Tan pronto llegué a la empresa me fui directamente a la oficina de la gerencia general. La secretaria me indicó que pasara de inmediato. Al ingresar a la elegante y amplia oficina, el gerente general estaba sentado delante de su enorme escritorio y tenía la cabeza apoyada entre sus manos por lo que no le podía ver el rostro. Al saludarle y preguntarle en qué podía ayudarle, sólo me miró fijamente a los ojos por un largo rato. Su mirada reflejaba una gran angustia, temor, soledad y desamparo, cosa que me turbó y preocupó mucho. ¿Qué habría pasado, qué serio problema habría ocurrido en la empresa? Cuando le pregunte por ello, solo negó con la cabeza. No se trataba de eso. Cuando por fin pudo hablar, simplemente me dijo tres palabras que nunca olvidaré: “No tengo paz”. Al comienzo no le entendí. Las palabras sí pero no el sentido de lo que quería decirme. “Ayúdame” me dijo. Luego me di cuenta de la realidad.

Aquel hombre no tenía paz interior, paz espiritual. Soy solo un abogado, un simple asesor ¿Cómo podía ayudarle? El hombre no era feliz y vivía atormentado, estresado por mil y un angustias que no le dejaban tranquilo ni un minuto. Solo atiné a preguntarle: “¿Haces oración de vez en cuando? ¿Al menos unos minutos cada día?” Nunca supe por qué le pregunté esto, pero no se me ocurrió otra cosa. Algo me decía que ese hombre necesitaba desesperadamente a Dios. Y le empecé a hablar un poco de la oración y del silencio. Le dije que a Dios solo se le encuentra en el silencio interior, Dios se mueve en ese ámbito, allí te habla, te aconseja, te consuela, te sugiere y todo eso, te da paz. La verdadera paz. Se quedó mas tranquilo y sonrió. Lo había comprendido. Le conté de como San Agustín se angustiaba y desesperaba buscando a Dios por todas partes hasta que después de mucho tiempo, se dio cuenta que Dios estaba dentro de sí mismo, en el fondo de su corazón, de su alma. Y recién Agustín tuvo paz y además mucha alegría, pues había encontrado a Dios.

Le animé al gerente que siguiera el ejemplo de Agustín, que rezara, que conversara con Dios un poco cada mañana y otro poco en la tarde, al menos diez minutos. Que le contara de sus angustias y de su vida. Aceptó feliz mi consejo, se puso de pie, se acercó a mi y me abrazó agradecido. ¿Cuántas personas existen hoy como este gerente general? No le faltaba nada, pues tenía trabajo, dinero, una hermosa familia, amigos, etc., pero no tenía paz, no tenía a Dios y por lo tanto no era feliz.

Esto me hizo recordar que, allá por el año 2016, el cardenal Robert Sarah publicó un libro al que denominó: “La fuerza del silencio”, en donde precisamente habla de la necesidad del silencio en todo ser humano para encontrar a Dios, pero no del silencio como simple ausencia de ruido o bulla, sino Sarah se refiere al silencio interior que es en donde habita Dios. El libro es una maravilla, para meditarlo, leerlo y releerlo. A raíz de la lectura y meditación de dicha obra, cada día me percato más de como hoy vivimos sumergidos en un “ruido” permanente, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, y a veces inclusive, mientras dormimos. Muchas personas no bien se levantan prenden su celular, el televisor o la radio o si hacen deporte, se ponen los audífonos en los oídos a todo volumen mientras hacen ejercicio en el gimnasio o corren, luego en el automóvil y finalmente en la oficina.

A ello debemos agregarle el “ruido” de las imágenes, de la publicidad que nos bombardea por las calles y plazas, y en especial, el ruido de los celulares, con las redes sociales que no dejan de hacer “ruido” un segundo, llamando nuestra atención con los mensajes, videos o imágenes que recibimos mediante los correos, Twitter, WhatsApp, Facebook, Instagram, etc. El celular se ha vuelto casi un órgano mas de nuestro cuerpo del cual no podemos prescindir ni un segundo: mientras trabajamos, comemos, nos movilizamos o descansamos, su “ruido” no nos permite vivir en el silencio al que se refiere Sarah. Es cómico ver a gente caminando y hablando sola por las calles o mirando el celular como zombies. El día que te quedas sin batería o sin cargador o se te acabaron las megas, entran en un estado de paranoia aguda casi digna de un exorcismo. También vivimos sumergidos en nuestros propios ruidos: nuestras angustias, miedos, preocupaciones de toda clase, sensualidades, imaginaciones, etc. Sarah te dice que debes luchar por prescindir de todos esos “ruidos”, dejarlos por unos momentos a un lado mediante la oración, para poder hallar y descansar en el verdadero silencio en donde está Dios. De lo contrario, el ruido de tus angustias, preocupaciones y ambiciones te lo impedirá.

Dice Robert Sarah lo siguiente: “Nuestro mundo ha dejado de escuchar a Dios, porque no deja de hablar a un ritmo y a una velocidad letales para no decir nada. La civilización moderna no sabe estar callada. Vive en permanente monólogo… se instaura una dictadura de la palabra… En ese escenario sombrío solo queda una llaga purulenta de palabras mecánicas, sin relieve, sin verdad y sin fundamento. Muchas veces la verdad no es mas que una creación mediática engañosa y consolidada por imágenes y testimonios inventados… el ruido quiere impedir que Dios hable. En ese infierno de ruido, el hombre se desintegra y se pierde: se fragmenta en multitud de inquietudes, fantasmas y temores. El ruido es un ansiolítico engañoso, falso y adictivo… un ruido vacío de sentido que odia obstinadamente el silencio”. Cuando le leía estos pasajes al gerente general, me miró contento pues había entendido su problema, el cual es hoy el problema de muchas personas. La falta de vida interior, ahogada en un materialismo y un consumismo banal que frustra, ahoga y no satisface -consecuencia de vivir rodeados permanentemente en un ambiente de mentira y falsas promesas de felicidad- hace que el ser humano no sea feliz y busque la Verdad o su verdad, en toda clase de “ruidos”, olvidando lo esencial.

Termino con estas palabras de Sarah: “Al matar el silencio, el hombre asesina a Dios. ¿Qué puede ayudar al hombre a callar? El móvil suena constantemente; los dedos y el espíritu están siempre ocupados enviando mensajes… quizás el gusto por la oración sea el principal combate de nuestra época. Acuartelado en regimientos de ruidos absolutamente lamentables, ¿acaso está dispuesto el hombre a retornar al silencio? La muerte del silencio es aparente: Dios siempre nos ayudará a redescubrirlo… Las personas que viven inmersas en el ruido son como motas de polvo barridas por el viento; esclavas de un tumulto que destruye su relación con Dios. Por el contrario, quienes aman el silencio y la soledad caminan paso a paso hacia Dios: saben como romper las espirales del infierno del ruido, igual que los domadores consiguen calmar a los leones rugientes”.

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