Política

LA CARCELETA DEL CAVIAR

Por: Fernando O´Phelan

Un día, el gobierno de Martín Vizcarra decidió nombrar al brother del Presidente como Jefe de la Dini, Dirección Nacional de Inteligencia, con la única gran tarea de bloquear las “conspiraciones” a favor de declarar la incapacidad moral del Presidente.

Con diferencia de horas, dos de cinco coordinadores de un grupo de oenegés, asociaciones civiles y ciudadanos destacados, todos no caviares, fueron atacados. A uno lo asaltaron con camioneta y todo y sólo querían su celular. Al otro, o sea yo, lo capturaron como si fuera líder de un banda criminal luego de un seguimiento fotográfico de días, material que yo mismo he visto.

El Perú en los días de esta Gestapo peruana, es fascinante. La Policía coordinadora de mi captura era LGTB pero cobarde. Querían que yo ofrezca dinero para no ser capturado y ponerse así ante un delito flagrante con prisión efectiva. Igual los policías tenían hambre y querían pollo antes de dejarme en requisitorias: comer pollo a la brasa no es delito pues.

Los días encerrado en requisitorias de Lima me demostraron que el Ministro de Justicia y el del Interior son un par de incompetentes deshumanizados, como esos burócratas con trajes de Gamarra y primo mototaxista. El centro de requisitorias de Lima es una vergüenza, sucio y tugurizado. Se sube por una escalera de caracol sucia y de cuatro pisos. En las celdas diseñadas para 60 personas, entran normalmente 150. Un terremoto y nadie sobrevive.

El traslado a Chiclayo fue más calmado, di tres entrevistas desde el celular y escribí varios textos. Lo malo fue que esperar la audiencia demoro ocho días. La carceleta de Chiclayo era como un Auschwitz cholo, las zapatillas afuera de cada celda me hicieron recordar el museo en Polonia : zapatos, maletas, dientes, y ropa de los presos. No había una cámara de gas pero si un sistema de tortura a partir de la falta de oxígeno, el ruido y el hacinamiento humano más las requisas abusivas y el cobro de dinero por parte de casi todos los policías judiciales y la apropiación de comida y objetos que debían ser entregados a los detenidos.

“Tú no has vivido lo que nosotros hemos pasado. No te has bañado en el río luego de trasplantar almácigos de arroz, no has vendidos velas en los cementerios de niño y luego que se va el familiar del difunto la apagas y la vendes a otro. A ti no te han botado de la casa a los doce años, tú no te has fugado a los 14 con una mujer de veinte. Tú no asaltas, acuchillas y disparas como nosotros, mi causa. Somos batería seria, mi causa.”

Somos ahora los malditos de Projusticia porque a pesar de todo los hice ver películas solo narrándolas y leí poemas de un tal Benedetti en lugar de rezar el Padre Nuestro. En el grupo había expresidiarios, todos afectados psiquiátricamente. Luego estaba la batería junior o jóvenes asesinos y narcos. Finalmente los denunciados por no pagar alimentos, les dicen los sicarios porque matan de hambre a sus hijos.

El Perú urbano de los de abajo se resume en esa celda número dos. Hombres pobres que nacen en barrios claramente organizados para incubar delincuencia con especialización y metodología de trabajo. El orgullo por robar y tener a padres y hermanos en la cárcel es inenarrable. Sus mujeres viven el perreo y la cumbia como la melodía de la fertilización con pistolas y cuchillos. Ellos no saben quiénes son los caviares y los anticaviares, no saben de la mediocridad política del Presidente de la República, no saben de los arbitrajes de Odebrecht y el negocio de China con la contratación pública. El país es sólo un mundo exterior a donde se sale robar y cometer crímenes como quien sale a recolectar alimentos para llevar a casa en la Baja Edad Media.

Ellos, los pobres que viven del crimen son despreciados por los caviares porque apestan. Los caviares prefieren su reforma política y sus asesorías al estado. Nosotros los que creemos en un país con una derecha menos hipócrita y con conservadores más modernos y hasta interculturales debemos tomar acción.

No pienso entrar otra vez a prisión para poder testimoniar este drama nacional. Somos unos desvergonzados clasistas que sólo sabemos explotar, discriminar y mirar al costado. El país se nos desmorona y recuerden: el pueblo urbano y violento no nos necesita para sobrevivir.

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