Política

LA CALLE GRITA Y EL GOBIERNO NO ENCUENTRA AUTORIDAD

Por: José Antonio Olivares

Sí, la calle grita, grita muchas cosas, grita que no hay seguridad, que faltan oportunidades, que hace frío, grita también emocionada con un buen partido de fútbol. Grita que odia pagar impuestos. Grita, grita y hasta clama dicen algunos. Otros dicen que se debe disolver el congreso, que se vayan todos y hasta hablan de nueva constitución. Ante tales gritos o clamores, algunos se visten de pescadores, de esos expertos en cosechar en aguas revueltas, y surgen también mandatarios sin autoridad, maniqueos desorientados y desorientadores. Lo peor es que se diluye en la bruma de la coyuntura la autoridad que debe existir para gobernar y para responder esos gritos de la calle.

Un país no se gobierna por gritos, ni siquiera un hogar; ni a los gritos tampoco, un país debe gobernarse bajo algunas reglas y por algunos procedimientos que hace un tiempo se dio en llamarles REPÚBLICA Y DEMOCRACIA. Ni la una ni la otra consisten en ser una caja de resonancia de los gritos y clamores y menos en tratar de satisfacerlos, o de satisfacer otros apetitos, poniéndolos como justificación. Lamentablemente gobernar es algo más complicado que eso, el oír a la calle requiere madurez, responsabilidad y sobre todo autoridad. Tampoco se puede gobernar fabricando clamores a través de cierta prensa, o de algún Rasputín, para decir “el pueblo dice”. Hace falta legitimidad y honestidad al descifrar algunos gritos de la calle, del pueblo, o sabe dios de que áulicos.

Pero fundamente, para gobernar, hace falta Autoridad, se requiere este atributo para ejercer el mandato si se ha sido elegido democráticamente. No se trata de atribuir la autoridad a la derecha y la libertad a la izquierda, lo que sería realmente falto de sentido común, porque estos valores tienen que coexistir de manera articulada, de forma coordinada y no se pueden presentar las cosas de esta manera ante una creciente atrofia de derechos e hipertrofia de deberes, por eso debemos preguntarnos qué clase de autoridad estamos reclamando.

El concepto de autoridad apareció en Roma como opuesto al de poder. El poder es un hecho real. Una voluntad se impone a otra por el ejercicio de la fuerza. En cambio, la autoridad está unida a la legitimidad, dignidad, calidad, excelencia de una institución o de una persona. El poder no tiene por qué contar con el súbdito, le coacciona sin más, y el miedo es el sentimiento adecuado a esta relación. En cambio, la autoridad tiene que despertar respeto, y esto implica una aceptación, una evaluación del mérito, una capacidad de admirar, en quien reconoce la autoridad. Una muchedumbre encanallada sería incapaz de respetar nada. Es desde el respeto desde donde se debe definir la autoridad, que no es otra cosa que la cualidad capaz de fundarlo. El respeto a la autoridad instaura una relación fundada en la excelencia de los dos miembros que la componen: quien ejerce la autoridad y quien la acepta como tal.

Desde luego, esta situación se puede aplicar a todas las instancias de gobierno, en cada conflicto social, en cada aula escolar y hasta en cada familia. El tema de la autoridad, nos inquieta hace mucho, vivimos en una sociedad permisiva una sociedad que grita. La preocupación por la quiebra de la autoridad es intensa y universal. Alain Renaut en “La fin de l’autorité” considera que es «una crisis estructural de las democracias, una crisis de legitimidad sin precedentes», y Hannah Arendt afirmaba que «si se pierde la autoridad, se pierde el fundamento del mundo».

Este es el sentido que aún conserva la palabra en expresiones como “es una autoridad en medicina”, o, “el presidente es (debería ser) nuestra autoridad”; y es el que se ha perdido, por ejemplo, cuando se dice que un policía es representante de la autoridad. Esto solo ocurre cuando el poder es legítimo y digno, porque en una tiranía la policía no es más que un representante del poder, de la fuerza. Ocurre lo mismo con la autoridad del Estado, solo la tiene cuando es legítimo y justo; de lo contrario es un mero mecanismo de poder. No lo olvidemos, el concepto de autoridad nos introduce en un régimen de legitimidad, calidad, excelencia, dignidad. Por eso tenía razón Hannah Arendt al decir que si desaparecía, se hundían los fundamentos del mundo. Al menos, del mundo democrático, que es al que ella se refería. Autoridad para hacerle frente a la corrupción, a la propia y a la de la sociedad y también a la de los que paralizan el país, porque no están de acuerdo con una mina. Autoridad es coherencia.

La autoridad es, ante todo, una cualidad de las personas, basada en el mérito propio. A ella se refería el emperador Augusto en una frase famosa: “Pude hacer esas cosas porque, aunque tenía el mismo poder que mis iguales, tenía más autoridad”. Sin embargo, por extensión, se aplica a las instituciones especialmente importantes por su función social: el Estado, el sistema judicial, la escuela, la familia. En este caso, la autoridad no es el ejercicio del poder, sino el respeto suscitado por la dignidad de la función. Y esa dignidad obra de dos maneras diferentes. En primer lugar, confiere autoridad a quienes forman parte de esa institución, para que puedan realizar sus tareas. Por ello, todos los jueces, padres o profesores y el presidente deben merecer respeto «institucional». Pero, a su vez, esa dignidad conferida por el puesto, les obliga a merecerla y a obrar en consecuencia. Forma parte de su obligación profesional, y del mandato popular podríamos decir.

Como se ve, el modelo conceptual de la autoridad nos integra a todos en un modelo de la excelencia y el mérito. Por eso todas las sociedades torpemente igualitarias acaban rechazando la autoridad en este sentido, porque les cuesta aceptar las diferentes jerarquías de comportamientos y consideran que respetar a alguien es una humillación antidemocrática. Se instala así una democracia vulgar, basada en el poder, en vez de una democracia noble, basada en la calidad y el respeto, y, por eso, tiene razón Alain Renaut en el texto que cité al principio. La crisis de autoridad es una crisis de la democracia.

Apliquemos esto a casos concretos, ¿tiene autoridad el actual gobierno?,¿tiene autoridad el presidente de la república?

Las respuestas deben ser un ejercicio personal.

Lo decisivo es proteger la institución del Estado, sus funciones, su posibilidad de gobernanza, su deber de proteger a la nación y a sus ciudadanos, prestigiar la administración del Estado con todos los recursos, porque de ahí deriva todo lo demás: la dignidad de la función de gobernar, y la necesidad de que sus protagonistas puedan ejercerla debidamente. En segundo lugar, debemos poner en funcionamiento los mecanismos legales, económicos, pedagógicos, necesarios para que todos sean partícipes de situaciones que permitan la recuperación de la autoridad. Lo que no quiere decir sin más, recuperación del orden y la disciplina, sino instauración de la excelencia democrática. La democracia no es un modo de vida permisivo, sino exigente, que sin embargo, aumenta la libertad y las posibilidades vitales de todos los ciudadanos. A cambio nos pide un respeto activo, creador y valiente por todo lo valioso. La autoridad aparece así como el resplandor de lo excelente, que se impone por su presencia. Tal vez a esta relación se refería Goethe cuando nos recomendaba «desacostumbrarnos de lo mediocre y, en lo bueno, noble y bello, vivir resueltamente».

 

 

©Café Viena

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