Vida y familia

LA ALTA MISIÓN DEL MAESTRO

Por: Edistio Cámere

Es propio del quehacer docente tener en mucho el querer del alumno: que quiera atender, que quiera estudiar, que quiera aprender, que quiera ser buen compañero… de su querer depende, en gran medida, sus logros educativos. Activar el querer del alumno, sin embargo, constituye uno de las tareas más atractivas del docente. ¡El aparcarse en lo que se debería hacer, propio de políticos, de empresarios, de funcionarios y de consultores lo encuentro tan poco empático con la acción educativa de los docentes!

La docencia – esa que intenta iluminar la novedad de cada alumno – no se resuelve siguiendo a pie juntillas una receta ni es una acción mecánica sujeta a leyes inexorables. Esa docencia tiene de arte, de vocación y mucho de virtud. Es arte porque a través de operaciones educativas ayuda al alumno a crecer como persona. Ayudar, sin reemplazar, supone una vocación que no remite ni se limita a la atracción que pueda ejercer la práctica de la docencia. Esa vocación es un don mediante la cual, el docente se dispone a asistir al alumno en la búsqueda de su mejora personal, dilatándose cuando solicita ayuda o cuando se acerca con firmeza a su objetivo.

La docencia, además de arte y vocación, es virtud. No únicamente porque el docente tenga que mantenerse, en positiva tensión, dispuesto a ayudar al alumno, con independencia de su estado de ánimo e intereses del momento. ¡Sostener en el tiempo esa disposición de ayuda es más fecundo de lo que se supone! Tampoco porque con generoso desprendimiento procure el bien de sus alumnos. La docencia es virtud puesto que lo suyo es convocar el querer del educando. A la libertad se le atrae con proposiciones razonables y vividas. Proposiciones razonables implica un cierto nivel de profundidad, de sabiduría y de reflexión; en palabras cortas: pararse a pensar antes de presentar una indicación. Las proposiciones encarnadas hacen patente la unidad entre el decir y el actuar del docente. Sin virtud personal – predicamento de la autoridad del docente – la libertad del alumno corre el riesgo de quedar a expensas de solicitaciones cuya primicia es la de aplazar las actividades de enseñanza-aprendizaje.

El querer por ser libre es indeterminado: se puede querer muchas cosas por motivos distintos; precisamente por eso, la autodeterminación entraña un ‘querer querer’. Con esta forma duplicativa subrayo el compromiso e involucramiento de una persona cuando decide o toma posición. Cuando un alumno quiere el bien propuesto como suyo, las conexiones virtuosas se multiplican en su propio beneficio. Pero… y ¿si no quiere? ¿Qué hacer con un adolescente que no quiere porque la pereza le gana, porque con su actuación busca ser el “popular, porque está desanimado, triste o molesto con sus padres, con su mejor amigo, porque la chica que lo entusiasma ni de soslayo lo mira, y un largo etc.?  La virtud del docente radica en no perder la serenidad para dar a cada quien lo suyo: orden y dictado de la materia a la clase y, atención – sin concesiones – al alumno aludido.

Un profesor – por lo general – sabe los datos generales y el desempeño de sus estudiantes, sin embargo, el conocer a cada uno para ayudarlo a que quiera, es un camino que se recorre a base de virtud. El tiempo que insume en cumplimentar documentos, formatos y registros de notas, las reuniones de programación y otras funciones propias de la condición reglada de la educación; podrían derivar en que el docente se limite a cumplir con las indicaciones recibidas y así asegurarse una buena evaluación. Pero el buen profesor sabe que el cumplir con las operaciones descritas y ganarse el querer del alumno, en el trato personal, solo es posible desde la virtud en la docencia.

Si estamos de acuerdo en que la clave reside en el querer del profesor y del alumno, entonces se podrá concluir que la acción educativa, aquella que efectivamente opera un cambio, se resuelve gracias a la libertad que se revela y ejercita en la toma de decisiones.

Es tan sensible la relación docente-discente que basta que uno de los extremos no quiera hacer la parte que le corresponda para que las políticas y medidas procedentes de las altas esferas queden sin efecto. Parece más sensato que, en vez de gastar tiempo, dinero y energías en la confección y difusión de reglamentos, parámetros de resultados e instrucciones regulatorias, se aplicarán en promover y estimular que el docente quiera, pero para querer es preciso – en primera instancia – poder. Con poder me refiero no solamente a contar con los medios e instrumentos mínimos para desempeñar su quehacer; a tener autonomía en la elección de los medios más pertinentes para desarrollar su labor; a que confíen en su capacidad y en criterio profesional respaldando frente a terceros, las decisiones por él asumidas y aplicadas. Por último, a disponer del tiempo y el espacio necesario y prudente para dedicarse a su cultivo personal, al trato capilar con el alumno y al intercambio con sus colegas.

Mientras impere una cuantitativa de la educación, la labor del docente se retacea o se reduce a nivel de mero trasmisor de información. Soy un convencido, que la educación es una actividad manifestativamente humana: la dignidad, la singularidad y la fragilidad de quienes educan y son educados se muestran en todo su esplendor en lo cotidiano de la vida escolar.

Al revelar-se el alumno siendo-así, la ayuda del docente – siendo-así- será la apropiada para su mejora personal. La figura del docente es compartida por un grupo de alumnos, no obstante, el modo de ser profesor es percibido de modo distinto por cada uno de ellos. La relación es personal e irrepetible, de manera que la ayuda se ajusta a la medida del educando. La formación de una persona hace la diferencia. ¡cuánto bien hace el docente a la historia del país, logrando que cada alumno quiera ser mejor! ¡FELIZ DÍA MAESTRO!

 

 

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