Vida y familia

¿ESTÁ MAL COMPRAR ALGO EXCESIVAMENTE CARO?

Por: P. Mario Arroyo

Pregunta María José, estudiante de medicina.

“Mi hermana gusta de comprar cosas excesivamente caras. Me parece que está mal y se lo digo, pero no sé explicar el motivo”. En el fondo, pienso, se trata de una cuestión de sensibilidad, de contexto. Dado el ambiente en el cual vivimos, en el que hay mucha pobreza y eso entra por los ojos, pues cada esquina tienes un ejército de personas pidiendo dinero o vendiendo algo, no nos puede dar igual, o simplemente cerramos los ojos a esa realidad, mientras los tenemos bien abiertos en los centros comerciales.

Sin embargo, no es del todo culpable esta “ceguera selectiva”. En realidad, el ambiente nos empuja a ello, pues fomenta un individualismo salvaje, desalmado: “primero yo, después yo y hasta el último yo”, parece decirnos la cultura hodierna. Hace falta un esfuerzo consciente para salir de esa burbuja. Felizmente, muchos jóvenes lo hacen, involucrándose en labores de voluntariado, con lo cual contrastan el individualismo lacerante en el que viven. Pero ello no basta, pues puede generar sensibilidad selectiva: a unas personas, en un lugar, durante un tiempo, pero no curar la cruel indiferencia con quien tenemos al lado o en la esquina de la calle. Puede ser, finalmente, una “píldora de moralina” que tomamos para tranquilizar nuestra conciencia.

Para curar esa ceguera provocada se requiere mirar cara a cara, ver el rostro, tocar la mano, escuchar la historia de quien sufre. Después, hacer un esfuerzo por provocar un fecundo silencio en la habitación, en el campo, en la iglesia… y pensar: ¿Por qué yo tengo todo y esta persona carece de lo necesario? ¿Cuánto gasto en un fin de semana, en un capricho, en la discoteca, en un restaurante caro, en unas vacaciones? ¿Cuánto gana esta persona a la semana, al mes, al año? ¿Con eso debe comer, transportarse, brindar educación a sus hijos, comprar medicinas, etc.? ¿Cuántas horas trabaja? ¿Cuánto tiempo invierte, e incomodidades sufre, para llegar a su lugar de trabajo? ¿Tiene alguien que le ayude con los gastos? ¿Es, quizá, madre o padre soltero? ¿Tiene ancianos a su cargo? ¿Qué he hecho yo para merecer mi bienestar económico, mi posición social?

Como bien planteabas en nuestra conversación, es distinto el caso de alguien que ha trabajado toda su vida y, una vez jubilado, quiere darse “un gusto”: Un buen coche, un viaje, un vestido caro. Resulta, sin embargo, una historia muy diferente, cuando alguien todavía no ha hecho nada que valga la pena, que suponga un gran esfuerzo, que aporte algo consistente a la sociedad y se está dando “gustos” caros cada fin de semana, cada quincena o incluso diariamente.

Si la persona que trabaja en mi casa, si el personal de servicio, si mis empleados no van a ganar en un año lo que me gasto yo en un capricho, probablemente sea una injusticia dármelo, aunque no lo robe, aunque todo sea “legal”: el contrato de mi trabajador y los fondos de mi tarjeta. No es la ley del mercado lo que debo mirar, ni los títulos de propiedad, sino la dignidad humana. Si esa persona tiene que sacar adelante una familia, y con su trabajo esforzado, de ocho horas diarias o más, no alcanza a ganar en un año lo que yo en un instante gasto para “darme un gusto”, algo de perverso tiene ese gasto. No es una hipótesis irreal. Un bolso Louis Vuitton, de esta temporada, puede costar 6,100 dólares. El salario mínimo vigente requeriría 1143 días laborales para comprarlo, es decir, 3 años sin interrupción de trabajo. Es verdad que los sueldos suelen estar por arriba del salario mínimo, pero en algunos rubros, por ejemplo, manejador en una granja avícola, sigue necesitando ese tiempo para comprarse el bolso.

¿Qué hacer? No resulta sencilla la respuesta, pues nuevamente vivimos inmersos en medio de un individualismo salvaje, las personas no son personas, sino consumidores, y los trabajadores parte de la cadena de producción, no solo reemplazable, sino cada vez más obsoleta gracias a los procesos de automatización fruto de la inteligencia artificial. Se trata, sin embargo, de una cuestión de empatía, de no perder nuestro factor humano anegado en la superficialidad, en la frivolidad, en el consumismo hedonista. En ese sentido, más que decirle: “no debes comprar ese bolso”, mejor invítala a un hospital público a visitar niños con cáncer o niños quemados. Quizá no pueda ni entrar a la sala, quizá vuelva el estómago, pero ese puede ser el camino para recuperar la sensibilidad perdida, la humanidad aletargada. Quizá ese tímido primer paso produzca una reacción en cadena y desate el ejercicio del “pensamiento crítico”, aplicado a la frívola cultura de la imagen.

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