Vida y familia

¿“ENFOQUE” O IDEOLOGÍA DE GÉNERO?

Por: Manuel Aliaga Garfias
Un “enfoque”, señores del gobierno, es un acercamiento a la realidad propio de un investigador, que observa un objeto de estudio desde un ángulo en particular (entre muchos posibles), como parte de una comunidad en diálogo, y empleando las herramientas propias de una disciplina.
Un “enfoque”, señores de la vanguardia, es un punto de vista deliberadamente parcial, que un especialista emplea con el fin de (1) resaltar de manera selectiva, determinados aspectos de la realidad que a él le interesan, y de (2) dejar otros aspectos de la problemática “desenfocados”, fuera de su análisis.
Un “enfoque”, señores oenegeros, es una aproximación reconocidamente tentativa, provisional, incompleta, generadora de hipótesis, que invita a la crítica y a la autocrítica, y que por definición está siempre abierta al debate académico.
Del enfoque a la ideología
Es verdad que los investigadores suelen tener mucha fe en sus enfoques favoritos, que terminan creyéndolos “superiores” y “definitivos”, y que los toman tan en serio que van, como predicadores, proclamando la obligación moral del prójimo (o sea, tuya y mía) de abrazar, por las buenas o por las malas, sus teorías predilectas.
Hemos visto los muertos y heridos que estas batallas dejan en las facultades universitarias, especialmente cuando los entusiastas de un enfoque se hacen del poder. Peor aún: Hemos visto a estos iluminados salir de la hemeroteca a buscarse, con la ayuda de alguna ONG interesada y bien financiada, políticos de medio pelo fáciles de atarantar, que les abran las puertas de algún organismo público para, con la plata de todos, pasar del enfoque a la acción. Y los hemos visto hacer experimentos Frankenstein con la gente, y aplicarle sus modelos y sus planes, sin consideración alguna por la ética profesional, la opinión pública o los valores democráticos. Su posición como “científico”, su enfoque “definitivo”, y sus valores “superiores”, así lo justificarían.
“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, es el viejo argumento que toman de Marx para saltar de la diversidad de enfoques que, en teoría (pero rara vez en la práctica), debería imperar en la facultad, al cargo público de “enfoque” único. Los siglos XIX y XX están empedrados con las buenas intenciones de “expertos” marxistas y de otras convicciones afines, que dieron ese salto.
El “enfoque de género” de estos investigadores—es decir, el peculiar punto de vista que eligieron para estudiar los roles sexuales—encuentra así un atajo tramposo para postular y promover desde el poder “derechos” políticos falazmente derivados de lo que no es más que una metodología de estudio. Esa es la ideología de género: una coartada para dar el salto del estudio de cómo las cosas son, a cómo (se dice que) deben ser.
Ideología convertida en políticas públicas
Las opciones (metodológicas, epistemológicas, y valorativas) de un enfoque particular pasan de este modo a guiar, como por arte de magia, nada menos que los planes de transformación y los programas de los organismos del Estado, sin haber sido presentados a la opinión pública en todos sus alcances. Así se evita que los ciudadanos podamos expresar libremente si en verdad ésa es la igualdad en la que creemos y por la que queremos trabajar.
¿En qué momento la ciudadanía les autorizó para sacar de sus ONGs y facultades universitarias sus teorías preferidas y convertirlas en un programa político de transformación radical a ser ejecutado desde las entidades públicas y con el dinero de todos? No lo dicen, pero la respuesta es: Nunca.
Propuesta extrema requiere aprobación extrema
Las políticas de Estado no son “enfoques”, señores expertos de los ministerios y ONGs respectivos. Las políticas de Estado no son ensayos de interpretación, discusiones de salón de clases, experimentos de laboratorio, ni análisis de cafetería: En democracia, el diseño y la ejecución de políticas públicas deben expresar la voluntad de la gente de cambiar las cosas para bien, según lo que ella juzga como bueno y justo. Esa voluntad se expresa formal y solemnemente en la elección democrática entre propuestas que se han presentado y discutido de manera abierta y transparente. No es honesto usar la jerga académica (“enfoque”) para pasar por agua tibia que estamos ante la imposición antidemocrática de una agenda política muy particular, diseñada para ejecutar una transformación radical en nuestra idea de familia y de los roles sexuales.
Los cambios que, desde el gobierno y la cooperación internacional, promueve el lobby de género en la manera como entendemos al hombre y a la mujer, al sexo, a los roles sexuales, a la familia y a ciertas conductas que los peruanos consideran cuestionables, son de una radicalidad indudable. No estamos aquí ante una propuesta de “estudio” sino ante un programa de transformación social basado en una ideología frontalmente opuesta a los valores sobre los que hemos edificado nuestra convivencia.
Les guste o no, nuestro sistema político prescribe que el cambio lo decidan los ciudadanos. Si el cambio que se propone es radical, el ethos democrático obliga a que la aprobación ciudadana sea manifiesta y de mayorías muy significativas (ver, por ejemplo, los procedimientos establecidos para la reforma de la Constitución). A mayor transformación, mayor aprobación.
Si se ejecutan políticas extremas sin haber recibido consentimiento explícito por parte de los peruanos, lo que tenemos es una imposición—una falta de respeto—que contradice los valores fundacionales de nuestro sistema político. Corresponde a la ciudadanía organizada resistir estas pretensiones.
El fin (de “los buenos”) no justifica (la corrupción de) los medios
Quienes hoy controlan los ministerios de educación, de salud, de la mujer, y otros vienen ejecutando políticas que han sido decididas a espaldas de la ciudadanía. Estos funcionarios no han sido puestos ahí para hacer investigación según sus “enfoques” favoritos. Estos informales de la democracia han sido puestos ahí para sacarle la vuelta al proceso de toma de decisiones, meter por la puerta falsa sus opciones morales, y ejecutar un plan de reingeniería social que no ha sido explicado ni debatido ni aprobado. En lugar de respetar las exigencias de una ética cívica, el gobierno “progresista” aprovecha nuestro conocido déficit democrático para invadir la vereda pública e imponerle a los desprevenidos su muy peculiar visión sobre cómo debe ser la realidad (ideología, pues).
Por más “buenos” que estos funcionarios (y los políticos que les abren la puerta) se sientan, sus actos corrompen nuestras instituciones, vician la toma de decisiones, socavan la confianza en la democracia y difunden el cinismo. Con ello, invitan a sus adversarios a seguir su mal ejemplo apenas puedan.
De espaldas al país
Menospreciar a quienes buscan defender nuestros valores fundacionales es indigno de políticos y funcionarios que dicen representar a la gente. Imponer a la ciudadanía contrabandos en los que ella no cree, y que no ha aprobado, es una falta de respeto a las libertades y derechos de las personas. Reírse de los padres de familia que se organizan para impedir que les impongan una ideología ajena, delata una insolencia y un cinismo que traicionan los valores sobre los que nuestra república se funda.
Si estas vanguardias quieren defender con seriedad lo que sus cuadros en el poder vienen haciendo, lo honesto sería enfrentar estas acusaciones directamente, en lugar de esquivar la crítica que se les dirige, caricaturizarla, y fugarse por la tangente presentándose como “defensores” de los “vulnerables” contra los “poderosos”—como si ellas no estuviesen ya en el poder.

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