Política

EL REINO DEL MAL MENOR: DEL HECHIZO Y LA ILUSIÓN

Por: José Alberto Garibaldi

El lenguaje tiende a mostrar y a esconder: suele hacer ver aquello que menciona, a riesgo de ocultar aquello sobre lo que calla. Algo de esto ocurre en los debates nacionales sobre el mal menor.  El lector puede encontrar menciones recientes en la prensa, desde Luciano Revoredo o Martha Meier hasta Oscar Vidarte y Jaime Bedoya; todos discuten su caracterización más clásica: si considerar algún caso como tal, lamentar su aparición, o cómo controlar al menos malo. Pero sin duda, el maestro de larga data en el Perú en este tema ha sido Mario Vargas Llosa: recordará el lector como Alan García fue el mal menor respecto de Ollanta Humala, o lo es ahora Keiko respecto de Pedro Castillo. En ambos casos, afirma MVLL, las circunstancias lo han llevado a esa encrucijada. Sus elecciones, nos dice, permiten mantener el estado de derecho y una economía de mercado. Un libro relativamente reciente de Jean Claude Michea sobre el reino del mal menor permite indagar las consecuencias que seguir la lógica alterna que el liberalismo de Vargas llosa – una ideología, más vigorosa y muscular – entraña, respecto de las versiones más clásicas, o las de aquellos para las que lo liberal es más bien una actitud: respetuosa de los necesarios debates y limites que la vida en una república supone. Cabe argumentar que la ideología de Vargas Llosa es en realidad más bien un hechizo – del que solo se puede escapar haciendo aparecer al fantasma que lo anima detrás del espejo.

Para este liberalismo ideológico, la elección entre dos males es en realidad no una circunstancia aleatoria en la que uno se pueda buenamente encontrar o no- para dicho liberalismo, nota Michea, se trata más bien de un estado permanente: es una visión del mundo.  Se desarrolla y crece inicialmente en las postrimerías de aciagos conflictos en siglos pasados: en Francia, tras sus guerras religiosas y su revolución; en Inglaterra, tras su cruenta guerra civil – o en el Perú, agreguemos, tras los horrores del Sendero de los años 80. En la espuma de agrio cinismo que estas dejan tras de sí, nos dice esta ideología, no hay lugar para un bien común: queda solo la búsqueda de la preservación de la vida y el bien de cada quien. En el mundo contemporáneo, dos discursos, subterráneamente unidos, regulan esta búsqueda. De un lado, la ley –la de un soberano; del otro, la del mercado. Su operación dizque promete ordenar los conflictos, eludiendo simultáneamente definir que sea el bien. Estos dos discursos del liberalismo actualmente existente son primos: a la izquierda, uno moral, cuyos límites son solo definidos por el arbitrio de quien controla la ley; a la derecha, otro económico, definido por el mercado.  Elija el lector a sus representantes locales. Argumenta Michea, no sin algo de razón, que ambas versiones se alimentan mutuamente: el liberalismo de los deseos alimenta al de los mercados; y ambos se nutren del control del poder.

Esta operación, empero, trae aparejadas consecuencias peculiares. Aunque el liberalismo ideológico dice tomar a las personas como actualmente son, y elude definir como debieran ser, pide para ello evitar ciertos comportamientos –aquellos que buscan un bien común -precisamente para asegurar los resultados prometidos. Si alguien quiere conducir su vida o destinos públicamente con convicciones, costumbres o tradiciones, que no coinciden con aquellos comportamientos, tanto peor – como decía Francis Fukuyama al examinar este liberalismo ideológico, dizque en el fin de la historia-  termina siendo condenado al triste destino del humano al final de aquellos tiempos: la vulgaridad o el aislamiento. Esta caracterización resulta, tal vez sin darse cuenta de ello del todo, en convertir la elección entre dos males en la única posible: transmuta la situación que describe, por medio de una alquimia desesperanzada, en un régimen ineludible – el mejor de los mundos ahora posibles. Las conocidas apreciaciones de MVLL sobre la separación entre la política y la literatura no operan ya aquí: los talentos de la literatura, en efecto, han terminado en este proceso hechizando a la política: la van convirtiendo en el Reino del Mal Menor, enraizándola en una tierra a la que los efectos de la búsqueda sin fin de un mal menor amenaza en tornar cada vez más baldía. El Perú ha sufrido los efectos de estas bendiciones, que no lo han sido tanto, a candidatos de izquierda y derecha.

El peligro de este hechizo es múltiple, y se muestra no solo en el Perú. Destruye el vínculo personal con la acción colectiva y la búsqueda de un bien colectivo, que incluye a los bienes individuales. Rompe las amarras con la naturaleza, entre las generaciones y con sus tradiciones, y disuelve la inteligencia que la ley en su versión más clásica, encarna al considerarlas. Hace del deseo -individual o colectivo- la Ley Suprema, mientras que anula los límites que la razón práctica, fogueada en la experiencia, y el intercambio de opiniones, sugiere. Es parasitario: deriva su atractivo de presentarse como el liberador de algo – escoja por favor cuál ese algo sea Usted mismo- siempre oprimido por algo más –sírvase escogerlo también Ud.- fortaleciéndose de lo que ataca sin proponer nada más por sí mismo, más allá de los pasos a seguir para según esto liberar lo oprimido a través del control del poder, y debilitando ambos términos del debate en el proceso. Banaliza con ello el lenguaje político, trastocando el lenguaje sobre el deseo en un discurso sobre el poder y el acceso al mismo.  Socava la ilusión y la esperanza de una buena vida colectiva en democracia, paradójicamente fortaleciendo un cesarismo democrático – tomado ahora como una penosa necesidad para el desarrollo. Y lo que es peor: es innecesario: se puede lograr el imperio sustantivo de la ley y una economía sustentable en una república prescindiendo cordialmente de sus servicios.

Y es que precisamente tal vez la más grave de sus consecuencias es que ante los desafíos colectivos surgidos desde sus orígenes, y cada vez más abundantes, aquel liberalismo ideológico resulta inerme: requiere de una fuerza moral de la que carece, apoyándose en cambio en un pretendido curso de la historia, que en su ingenuidad optimista pretende encarnar. Una vez logrado el objetivo, reclama la paternidad de la criatura. Los casos se pueden multiplicar: mi propia experiencia en el caso de las negociaciones sobre el clima, a las que quien escribe estas líneas ha acometido más décadas de las sensatas, no fue un éxito logrado por la articulación del cinismo de los intereses individuales, sino la inclusión en un bien colectivo en el que la Presidencia Francesa se arropó, las que lograron un resultado en Paris.  Pero otros ejemplos globales, éstos si de calado, abundan. La magistral historia de John Lewis Gaddis sobre la guerra fría, muestra como está se ganó no solo por el vigor económico estadounidense o la convicción europea, sino por el catalizador que la tesitura moral de Juan Pablo II generó al agrupar en torno suyo a multitudes en contra del absurdo vivido hacia el Este. La II guerra mundial no fue solo una lucha contra el mal menor – fue una acción colectiva a la que Churchill dio una voz, contra todo pronóstico bien pensante, como la historia de John Lukacs o el más reciente de Erik Larsen muestran; igualmente, la historia de los debates públicos durante 1943 en Europa por Alan Jacobs ilustra cuanto esfuerzo hubo entonces para entender el carácter moral de aquel esfuerzo, y los riesgos de apoyarlo ciegamente en el poder o la tecnología. Sin ir más lejos, en el Perú, lo perdido se puede ilustrar con la muerte de Luis Bedoya Reyes. Esta llevó a una justa y casi unánime apreciación pública de la inteligencia de sus virtudes, y lamentos de cómo estas no pudieron traducirse en un gobierno. Como bien notaba Domingo García Belaunde hace poco -sin pretender restarle méritos-  lo triste es que hasta hace recientemente, el social cristianismo vivido por Bedoya no era algo excepcional; era más bien uno entre muchos que igualmente informaban su vida inspirados por esta búsqueda del bien común. Un testamento de cuanto ha perdido el Perú en este mundo hechizado.

La primera vuelta de las elecciones en el Perú parece haber sido tan sorpresiva para los locales defensores del Mal Menor como en su día lo fue la caída del muro de Berlín– resultó en el Perú en una respuesta colectiva, aún incompleta, por dejar ese Reino atrás, tanto es su versión de izquierda como en la de derecha. La irrupción de las candidaturas de Rafael López Aliaga y la de Pedro Castillo mostraron que habían muchas más cosas bajo el cielo marginal del Mal Menor que las que este imaginaba posibles. La de López Aliaga ha reintroducido en la política Peruana el lenguaje del social cristianismo, lenguaje casi destruido globalmente en los últimos años, aupado por la polarización creciente y destructora que el liberalismo actualmente existente genera; la voz de Pedro Castillo, aquella del tradicionalismo conservador de los Andes Peruanos. Esta voz, por cierto, no es la de Vladimir Cerrón -que debajo de su ropaje Leninista, puede acoger con gusto en una versión propia, más a la izquierda de aquel liberalismo ideológico, solo que menos limitada aún -si esto es posible- en la persecución de sus propios deseos políticos, que tan funestas consecuencias han traído a la historia reciente.  Y Pedro Castillo parece más bien un rehén del vehículo que Vladimir le prestó para llegar adonde está, más que un conductor del mismo. Dado el tiempo necesario, esa versión de extrema izquierda en el poder eventualmente bien puede fagocitar fácilmente a sus ingenuos primos del resto de aquel espectro que lleve de pasajeros.

La posición de Keiko Fujimori está ahora en la barda: puede caer en busca de apoyo hacia atrás, del lado de la tierra baldía del Reino del Mal Menor. Puede por el contrario consolidar la caída de aquel muro, e ilusionar al país con lo que propone, dando respuesta con ello a las aspiraciones de un bien colectivo para el Perú, inclusive a los del Perú Andino, a los grupos que emerge en las ciudades, y a las mejores tradiciones que un pasado no tan distante aún permite recordar – y darles nueva vida. Reconocer en ese esfuerzo las virtudes que una imaginación templada por la experiencia provee, no es una muy distinta tarea a aquella que las virtudes cardinales convocan, también en la política: la búsqueda de la prudencia, el coraje, la templanza, y la justicia en libertad. Ellas le dan sentido sustantivo a la ley, más allá del arbitrio de los poderes. Bien pueden inspirar desde ahora el trabajo de los equipos técnicos y la implementación de los planes de cada candidato. Lo ha empezado a hacer ya con coraje Keiko Fujimori asistiendo a un debate en un terreno adverso. Contestó a ello, pese a todo, Pedro Castillo. Organizar e impulsar que ocurra más de esto es necesario. Es a través del ejercicio, propio y ajeno, de estas virtudes, que efectivamente reconocemos en el otro la búsqueda del bien común. Este puede guiar una ruta para recobrar la ilusión de que el pasado reciente no tiene porque ser el futuro; de que se puede dejar el hechizo de la irrealidad del mal menor que hasta ahora hemos sufrido, y buscar el bien del país. Es siempre lo más oscuro de la noche el momento justo antes del amanecer. Aún es tiempo de hacer ver la realidad detrás del espejo, y guiar la salida del Perú a unos buenos años.

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