Cultura

EL MAOÍSMO HA CONQUISTADO AMÉRICA “TRAVISTIÉNDOSE” DE CULTURA WOKE

Por: SILVANA DE MARI

Nací en 1953. El ‘68 me lo comí íntegro. Podría haber pasado de él, pues era evidente que se trataba de una farsa. En resumidas cuentas, el ‘68 puede ser descrito como un montón de hijos de papá, la primera generación del mundo occidental que vivía sin carestías y sin guerras, que en un determinado momento ha comenzado a jugar a quién es el más tonto o, si se prefiere, a quién está más a la izquierda en el reino. Hay formas trágicas de imbecilidad y la imbecilidad causa estragos.

La forma más trágica de imbecilidad es escarnecer el dolor del otro, es pisotear a los muertos. Cuando murió Stalin, con un conmovedor sobresalto de humorismo involuntario el diario L’Unità (órgano oficial del partido comunista italiano; n.d.t.) tituló: ha muerto el más grande benefactor de la humanidad. En el ‘68 Stalin hacía 15 años que había muerto, cantar sus alabanzas resultaba muy de Peppone (personaje del alcalde comunista en la novela Don Camilo y Peppone; n.d.t.), así que los mininos del ‘68 abrazaron otro mito: Mao Tse-tung. Nunca llegaremos a saber con exactitud cuántas decenas de millones de muertes dejó sobre el terreno el maoísmo, según muchas fuentes el número total podría girar en torno a los 80 millones. A estos deberíamos agregar también los millones de fetos y neonatos, a menudo féminas, suprimidos por el proyecto del hijo único. Fueron millones también los campesinos exterminados por hambre para ejecutar delirantes planes de producción de acero en hornos de fundición improvisados y para la hiper producción agrícola mediante innovaciones absurdas, llamados en conjunto “gran salto adelante”.

El asesinato de los campesinos mediante el hambre ya había sido una especialidad del comunismo soviético desde 1921 hasta 1946. Los campesinos fueron acusados de no producir lo suficiente o bien simplemente fueron despojados de su producción porque sus productos servían en otras partes. El problema es que los si los campesinos mueren de hambre nadie recogerá la siguiente cosecha. El episodio más grave ocurrió en Ucrania, el último en Manchuria. El tema será posteriormente retomado en Camboya. El poder comunista odia a los campesinos porque los campesinos están apegados a la realidad. No se obtiene acero para los blindados de combate en un horno de fundición improvisado alimentado con sartenes. No es verdad que enterrando la semilla a 2 metros de profundidad, como manda el partido, se duplica la cosecha. En China quien se oponía a todo esto, o intentaba razonar, era golpeado hasta la muerte.

Cuánto más grave es la mentira en la que vive una sociedad, tanto más grave será el castigo para aquel que osa decir la verdad. En el ensayo Tombstone. The great chinese farmine 1958-1962, Yang Jisheng, hijo de uno de los millones de campesinos muertos por hambre, reconstruye las cifras. Cisnes salvajes. Tres hijas de la China es una narración autobiográfica de la escritora china Jung Chang en que explica el modo en que todo ello sucedió: un desgarro total entre las palabras y la realidad, donde las palabras tenían mayor dignidad que la realidad, que no valía nada si contradecía la propaganda. El maoísmo llevo a sus extremas consecuencias el concepto hegeliano: si la realidad no coincide con mi pensamiento, tanto peor para la realidad.

La Revolución cultural fue un baño de sangre y de irrealidad espantoso. Todo el pasado era culpable. Todo diplomado era culpable, porque no puedes obtener un diploma si no estudias, y por consiguiente aceptas, lo que se ha dicho antes de tu tiempo. Médicos, farmacéuticos, profesores, ingenieros fueron apaleados hasta la muerte en medio de la calle. Dado que el pasado es una culpa, floreció el “juvenilismo”: un veinteañero semi analfabeta era mejor que un médico o que un ingeniero de 40 años inevitablemente corrompido por el corrupto pasado.

La subcultura woke siempre me ha recordado la revolución cultural china, llevada a Occidente en forma incruenta (aparte las víctimas del terrorismo), pero solo poco menos trágica en sus consecuencias. La Revolución cultural China fue un baño de sangre, los reos eran matados y bastaba ser médico o incluso solo cincuentañero para ser considerado culpable. En Occidente, aparte repito las víctimas del terrorismo, implica la muerte cultural. El libro Mao’s America, a survivor’s warning (La América de Mao, la advertencia de una superviviente) de Xi Van Fleet, quien sobrevivió precisamente a la Revolución cultural china, confirma esta tesis. “Reeducada” en condiciones durísimas, logró huir a los Estados Unidos donde, después de 30 años, ha reconocido en la (sub)cultura woke las líneas directrices, los valores, la imbecilidad, el fanatismo de la Revolución cultural.

Los paralelismos entre los dos fenómenos son enormes. Ambos tienen como objetivo la destrucción total de la cultura de un pueblo, para poder reemplazarla con una ideología marxista. Es necesaria la demonización del adversario, de modo tal que se vuelva impensable concederle el derecho de palabra. Se reconocen las tácticas marxistas de división entre buenos y malos, adoctrinamiento y reeducación para que los malos se vuelvan buenos, cancelación, coerción y engaño. Los réprobos todavía no son matados a porrazos, pero son echados fuera de las universidades. También está el habitual, infinito afecto por los jóvenes, más fácilmente manipulables que alguien más anciano que ha estudiado más. A ellos se les da la ilusión de ser heroicos combatientes por la libertad y la justicia de una batalla endiabladamente fácil. Quien quiera que los contradiga pierde el estipendio y es echado.

Las libertades más elementales, sobre todo la de decir la verdad, es aplastada en nombre de un futuro paradisíaco, carente de cualquier división y discriminación, más aún, carente de cualquier diferencia. No hay necesidad de una policía mortal: los ciudadanos se denuncian unos a otros. Los primeros en dar el brillante ejemplo son obviamente los estudiantes.

Xi Van Fleet guardaba en su memoria la imagen de los estudiantes chinos invitados a denunciarse unos a otros. Se ha llenado de horror, en consecuencia, cuando en la universidad donde enseñaba, la Loyola University de Maryland, se topó con grandes afiches, endiabladamente semejantes a los cartelones de los tiempos de Mao, con los que los estudiantes eran invitados a denunciar por teléfono o por correo electrónico cualquier comportamiento políticamente incorrecto.

No existen datos objetivos que permitan declarar lo que es políticamente incorrecto. Lo políticamente incorrecto es solo subjetivo. Si alguien se ha sentido ofendido, entonces sí, ha recibido una ofensa. Los estudiantes de Pekín destruían preciosas porcelanas, el ganso feliz de turno propone pasar dos manos de enlucido sobre la Capilla Sixtina. Vale el mismo discurso que valía en los tiempos de Mao. Por muy políticamente correcto que tú puedas ser, tarde o temprano, llegará alguien todavía más políticamente correcto que tú y te acusará de nazi. Quien quiera formule una denuncia se pone al mismo tiempo en el magnífico rol de la víctima y en él todavía mejor rol de aquel que tiene el poder en sus manos. Los profesores están aterrorizados. Una afirmación cualquiera objetivamente verdadera, puede destruir sus carreras. También los estudiantes están aterrorizados, cualquier salida o frase ocurrente puede destruir sus carreras y sus vidas. Si son varones, blancos y heteros no hace falta ni siquiera una frase ocurrente equivocada; son ya parias, con independencia de la frase pronunciada.

Recuerdo las palabras de George Orwell: la libertad es poder decir que dos más dos son cuatro. Revolución cultural y woke son la victoria de la irrealidad sobre la realidad. Hasta los guardias rojos de Mao, sin embargo, sabían que los varones son varones y las féminas son féminas. La cultura woke es peor.

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* Este artículo fue publicado en La Verità, diario de Italia, en su edición del sábado 23 de marzo de 2024. Ha sido traducido por Gianfranco Sangalli

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