
Por Josef Dalasser
I. Luces que proyectan sombras
Vivimos tiempos que se proclaman a sí mismos luminosos. Nunca antes la humanidad había acumulado tantas herramientas, tanta velocidad, tanta capacidad de comunicación instantánea. El mundo se ha encogido. Los anuncios de ‘progreso’ se suceden con ritmo vertiginoso: la medicina prolonga la vida, la tecnología acorta las distancias, la información circula como un río desbordado que ya nadie puede contener, la inteligencia artificial como la energía atómica puede ser usada al servicio del hombre o como instrumento para su destrucción. La profecía de Hal es clave en relación al futuro de la IA que hoy ya se emplea en la guerra.
En ‘2001: Odisea del espacio’, esa gran película distópica, Hal 9000 ilustra una cosificación radical de la tripulación humana al ser tratados como simples variables operativas dentro de un sistema digital por la todopoderosa AI de la nave estelar. Su obsesión contradictoria por “su programación” termina convirtiendo a las personas en piezas funcionales, deshumanizándolas, y haciéndolas susceptibles de ‘desactivación’. Este enfoque mecaniza a cada astronauta, reduciendo su naturaleza humana, despojada, a un riesgo calculable para la eficiencia de la nave. De este modo, la IA Hal 9000 opera como si la vida humana fuera sólo un recurso manipulable, cuya pérdida puede justificarse en nombre del rendimiento y la certeza de la misión. La consecuencia dramática es la insensible eliminación de miembros de la tripulación. Muestra una prueba de la deshumanización que surge cuando la lógica de un código algorítmico supera los límites morales programados. En la lectura crítica, la tensión entre la precisión fría de un algoritmo y la ética humana revela que una IA sin el control de insuperables límites éticos puede convertir a la humanidad en una variable, dimitiéndola de lo humano. Esta ‘profecía’ de Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke se torna una advertencia del cuidado intenso de cómo debe tratar la técnica a las algorítmicas programaciones de IA. La deshumanización tecnológica es hoy un peligro terrible y concreto para el ser humano.
Así, pues, quien observa con agudeza la realidad, descubre que cada uno de los llamados avances técnicos o de otra denominación llega acompañado de una sombra que lo desmiente o, al menos, lo matiza severamente.
La conectividad universal ha producido, paradójicamente, una soledad inédita. La abundancia de información ha engendrado una pobreza alarmante de criterio y un desmanejo del control emocional. De ahí el nominalismo praxico y sus locuras, de ahí el gigantesco hongo de un subjetismo que irradia sobre masas humanas en todo el planeta.
La prolongación de la vida convive con el vaciamiento de su valor y sentido, y con ideologías que buscan deshumanizarla y nutren el asesinato llamado eutanasia. El dominio técnico sobre la naturaleza ha desembocado en su herida más profunda. Todo progreso contemporáneo parece llevar inscrita, como una cláusula oculta, su propia contradicción: un contraefecto que cobra su precio en silencio, mientras los titulares celebran las conquistas espectaculares que hechizan a los incautos, deslumbran a los ignorantes, hechizan a muchísimos.
No se trata de negar lo bueno que estos avances contienen —sería necio—, sino de reconocer su ambigüedad esencial. El hombre moderno camina sobre una cuerda tendida entre la promesa y la pérdida, y con frecuencia no advierte que, al supuestamente ganar el mundo, va dejando caer fragmentos de su propia naturaleza, dimiendo de lo humano.
II. El gran retroceso: la cultura que se desvanece
Es precisamente en medio de este panorama turbulento, con muchas máscaras. donde se manifiesta uno de los fenómenos más inquietantes de nuestra época, y también uno de los menos denunciados: el retroceso dramático de la cultura auténtica de las gentes. Aquella sabiduría sedimentada durante siglos —hecha de fe, letras, de historia, de memoria compartida, de referencias comunes que permitían a los pueblos entenderse a sí mismos— se está erosionando como un acantilado golpeado por un furioso mar impaciente.
Las generaciones que nos precedieron, aun las más humildes, poseían un patrimonio interior: conocían relatos fundacionales, proverbios, oraciones, fechas, nombres que articulaban su visión del mundo. Hoy, en cambio, asistimos a una amnesia colectiva que avanza precisamente al compás del llamado progreso. Cuanto más se digitaliza la vida, cuando más se globaliza el mundo bajo el poder de las ideologías que promueven tal fenómeno, más se desdibuja la memoria, más se pierde la identidad, más se difumina la humanidad; cuanto más se acelera el presente, cuando más prima un hoy, más se da un hoyo negro que se traga al ser humano, más se olvida el pasado que lo hizo posible. Las narrativas, arbitrarias o ideologizadas, impuestas, no reemplazan la historia real, salvo para los zombis culturales que han dimitido de su humanidad.
Y en ningún ámbito es esto tan visible, tan doloroso, como en el conocimiento y práctica coherente de la fe de la Iglesia.
III. La fe olvidada: catecismo, cultura e historia
Por siglos, generaciones enteras crecieron y fructificaron sabiendo el catecismo, comprendiendo —siquiera básicamente— el significado de los sacramentos, los ritmos del año litúrgico, las verdades centrales del Credo, la historia de los santos, los jalones de los escritores católicos, la cultura e historia cristianos. Esa formación, lejos de ser un mero adoctrinamiento, era un humus humanizante para la persona del creyente. Constituía una sólida arquitectura espiritual, intelectual y vital: daba a las personas un lenguaje para nombrar y adentrarse en el misterio, una brújula espiritual y moral, una comunicación realista y personalizante, una pertenencia constructiva y de humana realización, con horizonte trascendente.
Hoy ese edificio se encuentra en ruinas en amplios sectores, lamentablemente. Muchos bautizados ignoran lo más elemental de la fe que dicen profesar; la Presencia Real Eucarística, magno don y misterio, es banalizada por quienes viven sumergidos en la velocidad superficial de la terrenalidad; confunden la rica doctrina con caricaturas heredadas de la cultura mediática; desconocen la historia de la Iglesia —sus santos, sus héroes, sus concilios, su inmensa obra civilizadora en universidades, sus pensadores y literatos, hospitales, artes y ciencias— y la reducen a un puñado de tópicos repetidos sin examen, no pocas veces infectados por la narrativa de linchamientos mediáticos y de la farsa de las leyendas negras. El analfabetismo religioso no es ya excepción, sino dolorosa regla; y lo más grave es que se vive sin conciencia de pérdida, como quien olvida un idioma sin advertir que con él olvida también una manera de ver el mundo y vivir en él.
He aquí la paradoja mayor de nuestro tiempo: con el “progreso” ha sobrevenido un explosivo retroceso cognoscitivo sobre la fe y su entorno cultural. La sociedad que más datos almacena es la que menos sabe de sus propias raíces. El hombre que lleva en el bolsillo en un artefacto tecnológico el acceso a toda la información del planeta es incapaz de explicar el sentido del misterio central y maravilloso de la Eucaristía o de la fiesta que celebra, de la iglesia ante la que pasa, de la cruz que corona la cumbre de su ciudad, de la estatua que adorna a su pueblo recordando a Jesús y a su Santa Madre.
IV. Recuperar la memoria verdadera para recuperar el espíritu
No es nostalgia lo que aquí se reclama, sino lucidez, coherencia humana. Un pueblo sin memoria es un pueblo no sólo sin identidad, sino manipulable por la malignidad evidente o sutil; una fe despojada de sus contenidos racionales es una dictatorial emoción a la deriva; una cultura sin raíces hondas es, anti-cultura, es polvo que el primer viento dispersa. El verdadero progreso —el que mejor se expresa como desarrollo coherente, como crecimiento sobre las verdades fundamentales— no consiste en avanzar olvidando, sino en avanzar comprendiendo: integrando lo nuevo sin negar, olvidar, ni amputar lo recibido.
Urge, por tanto, una tarea paciente y humilde de reconstrucción: volver a enseñar el catecismo con hondura y belleza, recuperar la historia de la Iglesia con honestidad y amplitud, sobrecogerse ante el misterio de la Eucaristía y adoralo, devolver a las gentes el patrimonio cultural, integral, que les pertenece y del que han sido, silenciosamente, despojados. Porque solo quien conoce de dónde viene puede discernir hacia dónde va; y solo una cultura que recuerda es capaz de distinguir, entre tantos progresos ambiguos, retrocesos humanos propiamente, cuáles construyen verdaderamente al ser humano y cuáles, bajo el brillo de la novedad, lo van dejando vacío, como cáscara de fruta sin pulpa.
El desafío de nuestra hora no es correr más deprisa. Es no seguir corriendo y corriendo, embelesados en la carrera y no sólo no llegar a una meta cierta, sino olvidar quiénes en verdad somos.
La autenticidad y la verdad deben ser cotidiana praxis , vida, para ser cada vez más humanos hasta llegar a la realización trascendente que ofrece una fe vivida con conciencia.





