Iglesia y sociedad

DIÁLOGO CON EL CARDENAL

Por: P. Mario Arroyo

Ciudad del Vaticano, Plaza Pio XII, oficinas de la Congregación para el Culto Divino, medio día. Un grupo pequeño de sacerdotes mexicanos tenemos la oportunidad de charlar con el Cardenal Robert Sarah, indiscutible punto de referencia en la Iglesia Católica; más aún, uno de los pocos testigos creíbles que quedan de la espiritualidad humana, en medio de un mundo anegado en el materialismo y los escándalos.

Me considero afortunado por participar en el encuentro. Entra el Cardenal en una pequeña sala, le rodeamos doce sacerdotes. Delgado, casi enjuto, silencioso, serio. Nos habla pausadamente de Dios, de la importancia de la oración, del valor de la liturgia, de cuidar la integridad de la fe. Me golpean mucho sus palabras finales: “…no tengan miedo de sufrir por la Iglesia”. Se ve a todas luces que es un hombre que ama apasionadamente a Jesucristo y a la Iglesia; un hombre que cree profundamente lo que dice, está convencido; sus obras y sus palabras reflejan fielmente lo que cree. Por eso atrae, por eso, no obstante su sencillez, sobrecoge su presencia. Termina la breve charla, nos bendice, nos regala unos rosarios y una sencilla estampa de la Virgen, recordatorio de sus recientes Bodas de Oro Sacerdotales, 20 de julio de 2019. No retiramos con gran paz en el corazón, pero pensando, pensando…

Vamos comentando la impresión que nos ha dejado, uno no duda en calificarlo como hombre santo; no es para menos, estaba apunto de abandonar el sacerdocio, desalentado, y el Cardenal lo ayudó a salir adelante. Las personas que están metidas en Dios dejan una fuerte impresión, “el buen olor de Cristo” lo denominará San Pablo. Son regalos de Dios para un mundo sediento de testigos, donde sobran los predicadores y faltan los ejemplos. El Cardenal es ambas cosas, ha sido probado en el crisol del sufrimiento, la pobreza, la persecución política, la calumnia y la soledad. No es un hombre de palabras largas y obras cortas, sino justo a la inversa: nos hubiera gustado que hablara de más cosas.

Nuestra inquieta curiosidad habría querido escuchar de viva voz su versión sobre el conflicto del libro sobre el celibato escrito con Benedicto XVI. En vez de eso nos habló de la importancia de la adoración. Es un hombre para quien Dios está en el centro, es lo importante, todo lo demás resulta muy secundario. Y todo lo espera de Dios, no de los hombres, por eso transmite confianza al tiempo que nos eleva la mirada por encima de los avatares superficiales de los medios, para centrarnos en lo esencial: Dios.

Su testimonio es esencial en la época del auge del secularismo, del laicismo salvaje, del materialismo a ultranza. Uno quisiera pensar que su mensaje de poner a Dios en el centro es urgente para un mundo seducido por la idolatría del instante. Frente a esa fugacidad embriagadora ofrece como perspectiva la eternidad. Frente a esa miopía, corta de horizontes que rinde tributo al placer de un momento, donde apenas se goza, ya se acaba, coloca al hombre frente a la auténtica dimensión de su libertad: la trascendencia. Pero, tristemente, si es urgente su enseñanza para el mundo, con mucho más radicalidad interpela a una Iglesia que, poco a poco, de manera casi imperceptible, ha ido perdiendo sensibilidad por lo espiritual y trascendente, siendo muchas veces incapaz de mirar más allá del horizonte puramente humano y temporal.

En este sentido, Sarah representa a lo más genuino de la espiritualidad eclesial, la cual todavía tiene mucho que decir al hombre de hoy. No sé si Sarah es santo, pero estoy seguro de que es “profeta”, no en el sentido de adivinar el futuro, sino en el literal de “hablar en nombre de Dios”, defender los derechos de Dios.

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