Historia

17 DE JULIO: CONMEMORACIÓN DE MÁRTIRES CONTRA-REVOLUCIONARIAS

Revolución Francesa

Por: P. Javier Olivera Ravasi

La Revolución Francesa fue ese desastre que hoy nadie conoce.  Corría el año 1790. La Asamblea Nacional Constituyente había hecho público un decreto por el que se exigía a los religiosos un juramento de fidelidad al Estado que los equiparaba a funcionarios públicos, mientras que los bienes eclesiásticos pasaban a manos del gobierno.

En la ciudad de Compiègne, algunos personajes del Directorio local se presentaron el 4 de agosto en el monasterio carmelita de la ciudad para hacer el inventario y juramento correspondiente. Las monjas, temerosas al principio y viéndose presionadas, terminaron por firmar el acta impía y debieron despojarse de sus hábitos religiosos. Dividiéndose en grupos fueron conminadas a alejarse del claustro para vivir en domicilios particulares; a pesar de la prohibición se habían resuelto a llevar vida religiosa donde les tocase en suerte, practicando la oración y entregándose a la penitencia como antes.

Casi dos años pasaron así, viviendo en casas de familia pero como monjas clandestinas. La vida no se hacía fácil en aquellos tiempos y a diario sufrían el temor de ser descubiertas.

Un día, la madre priora, pudiendo reunir a todas y entendiendo el deseo de sus hijas, les propuso hacer “un acto de consagración por el cual la comunidad se ofrecía en holocausto para aplacar la cólera de Dios y para que volviese la paz a la Iglesia y a Francia”.

De entre las hermanas, las dos más ancianas rehusaron en un primer momento el pacto, horrorizadas por la idea de la muerte en la guillotina, pero luego de haberlo rezado y reflexionado atentamente, acudieron a ofrecerse en sacrificio con el resto de sus hermanas en religión. No buscarían la muerte, pero si esta llegaba, no la esquivarían, dando el testimonio supremo.

La regularidad y el orden de sus extrañas vidas (que reproducía en sus domicilios lo que se podía del horario del Carmelo) fueron notados por los jacobinos de la ciudad quienes, rápidamente, las denunciaron frente al “Comité de Salud Pública” con el cargo de ser “contrarias a la República”. El régimen del terror era ya oficial: el rey había sido ejecutado y el Tribunal Revolucionario trabajaba sin descanso enviando cientos de ciudadanos “sospechosos” a la muerte. La denuncia de las carmelitas decía que, pese a la prohibición, seguían viviendo en comunidad y que “celebraban reuniones sospechosas”.

Guardando apariencia de legalidad, se efectuaron los registros domiciliarios de los cuatro grupos de carmelitas, encontrando los objetos “subversivos”: estampitas, escapularios y libros de piedad como también un retrato del rey decapitado e imágenes del Sagrado Corazón de Jesús. Todo ello era suficiente para demostrar su culpabilidad; eran “traidoras” a la República. Una vez detenidas y encerradas en prisión (el ex-monasterio de la Visitación: muchos conventos fueron convertidos en cárceles, establos o simplemente demolidos) esperaron la decisión final.

Cada día aumentaba el peligro, pero ellas se sentían más fuertes. Continuaban dedicadas a orar, aprovechando esa nueva desgracia que, ahora, les permitía estar en comunidad como en su antiguo convento.

Transcurridos unos días, el Comité de Salud Pública dio órdenes para que fueran trasladadas a París. El cumplimiento de tales órdenes fue exigido en términos tales que no se admitía demora. Atadas de pies y manos las subieron a dos carretas y, escoltadas por un grupo de soldados, salieron para la capital. Su destino era la famosa prisión de la Conserjería, la antesala de la guillotina. Al llegar, una de las más ancianas de las religiosas fue obligada a descender con un empujón desde lo alto de la carreta. Al caer, haciéndose grave daño por no poder usar sus manos encadenadas, dijo: “no les guardo ningún rencor; al contrario, les agradezco que no me hayan matado en esta caída porque, si hubiera muerto, habría perdido la oportunidad de pasar la gloria y la dicha del martirio”.

Como si nada hubiese ocurrido, en la Conserjería prosiguieron su vida de oración prescrita por la regla, sin dejarse perturbar por los acontecimientos. El 16 de julio festejaron el día de Nuestra Señora del Monte Carmelo con el mayor entusiasmo. Como regalo, recibieron por la tarde un aviso para que compareciesen al día siguiente ante el Tribunal Revolucionario. La noticia no les impidió cantar, sobre la música de La Marsellesa, unos versos improvisados en los que expresaban al mismo tiempo su Fe en la victoria.

Al día siguiente escucharon las imputaciones: “aunque separadas en diferentes casas, formaban conciliábulos contrarrevolucionarios”, decían. Luego de un breve interrogatorio y sin que se llamara a declarar a un solo testigo, el Tribunal condenó a muerte a las dieciséis carmelitas, encontrándolas culpables de organizar “reuniones contrarrevolucionarias”, sostener correspondencia con “fanáticos” y guardar escritos que “atentaban contra la libertad”. Una de las monjas, sor Enriqueta de la Providencia, preguntó al presidente qué entendía por la palabra “fanático”… “es el apego a esas creencias pueriles, sus tontas prácticas de religión” –respondió. Más claro imposible.

Una hora después fueron conducidas en carreta a la plaza del Trono. En el trayecto la gente observaba el escenario con sentimientos encontrados: unos las injuriaban, otros las admiraban, muchos callaban… Con gran tranquilidad las religiosas entonaron cantos como si estuviesen en el claustro: el salmo Miserere y hasta el Salve, Regina. Llegadas al pie ya de la guillotina entonaron el Te Deum y el Veni Creator. Una joven novicia, sor Constanza, se arrodilló delante de la priora, con la naturalidad con que lo hubiera hecho en el convento y le pidió su bendición y el correspondiente permiso para morir. Luego, cantando el salmo Laudate Dominum omnes gentes, subió decidida los últimos escalones que la llevarían al Cielo.

Una tras otra, todas repitieron la escena; al final, después de haber visto caer a todas sus hijas, la madre priora entregó, con igual generosidad, su vida al Señor. Era el 17 de julio de 1794, un día para nunca olvidar la “fraternidad” de la Revolución[1].

 

[1] Este episodio fue inmortalizado primero por Gertrud von le Fort en su obra La última en el cadalso y posteriormente por Georges Bernanos en su Diálogo de Carmelitas.

 

Extracto de la película «Diálogo de carmelitas»

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